UNA CHISPA QUE GENERO UN INCENDIO

Somos un matrimonio de alrededor de 50 años cada uno. Hace más de un cuarto de siglo que estamos casados, tenemos hijos que rondan las dos décadas de edad.

Como marido y mujer nuestra relación es excelente. Ambos trabajamos, nuestros descendientes estudian, trabajan y les va bien, la vida social aunque no demasiado activa nos mantiene muy unidos.

Mi mujer tiene todavía una figura parecida a la de la época de novios, sus 95-60-90 casi no han cambiado, sus ojos siguen llamándome la atención y ni que hablar de sus piernas.

Yo, con alguna adiposidad mas en la cintura, no exagerada, todavía conservo toda mi cabellera y casi no tengo canas.

Nuestras relaciones sexuales aun tenían una frecuencia importante.

Pero, sin embargo, la rutina, la "falta" de intimidad generada, sin querer por nuestros hijos, fue logrando a su vez un desinterés de uno con el otro, como pareja, que empezó a preocuparme.

Sabíamos que de alguna manera teníamos que mejorar nuestras relaciones de sexo. El problema era: ¿Cómo? Y ¿Cuando?

La segunda pregunta se agigantaba cada vez con mayor urgencia. Voy a hacer primero una reseña acerca de cómo fueron nuestros inicios cuando nos conocimos.

Hace casi treinta años en un boliche (Boite se le decía entonces), mientras bailábamos "lentos", de a poco comencé a acercar mi boca a su cuello, se lo fui besando cada vez con mayor intensidad hasta que con un pequeño rodeo llegue a su labios y sellamos un sentimiento que todavía dura.

Comenzamos a salir, alguna vez a la noche, otras de tarde hasta que fui a almorzar a su casa un domingo y "oficializamos" nuestra relación.

En aquella época y con la tradición de su familia, era casi una locura pensar en alguna relación "prematrimonial".

Sin embargo, la sangre joven y la pasión que existía en cada célula de nuestro cuerpo nos llevo irremediablemente a unirnos carnalmente.

Estas primeras veces fue algo natural, desenfrenado y casi sin necesidad de ningún "juego" erótico. Pero con el correr del tiempo fuimos comenzando a buscar alguna variación de esa "casi" violación consentida.

Una vez luego de ver la película de Margaux Hemingway, "Lisptick", donde a ella la atan a la cama fuimos a un hotel y le propuse hacer algo similar.

Utilice sus medias de nylon para sujetarle las muñecas a la cama y comencé a recorrer su cuerpo con mi boca, al llegar a la de ella, entreabierta, me levante y la deje con las ganas. Fue ahí que dijo: "Háceme lo que quieras. Tortúrame como sea, pero no me dejes así". La noche termino como nunca, ya lo nuestro no podía llamarse pasión porque era algo todavía más poderoso.

Mas tranquilos hablamos sobre el tema y fue surgiendo que sus fantasías tenían mucho que ver con las de una mujer sumisa, pero que le costaba aceptarlas, quizás por una educación algo anticuada que había recibido.

Decidimos empezar a investigar hasta donde llegaban las mismas.

La siguiente vez que fuimos a un hotel lleve cuatro pedazos de soga y un pañuelo grande.

La primera orden que le di fue: "Desnudáte bajo esa luz".

Sentí que sus piernas temblaban, que se sentía observada, dominada. Antes siempre la había desvestido yo y en la penumbra.

Cuando concluyó, la llamé para que se acercara, lo hizo con la cabeza gacha. La dí vuelta y le até las manos a la espalda. Como paso siguiente le vende los ojos y le ordene que me encontrara para besarme.

Con pasos titubeantes y sintiéndose totalmente desprotegida lo intento unos minutos. No lo logró.

Haciéndome el enojado, con la excusa de que no ponía todo su empeño decidí castigarla.

La tendí boca abajo en la cama y até cada una de sus extremidades a un ángulo de la misma. Le dí unos cuantos manotazos en las nalgas, al tiempo que seguía recriminándola. Luego me tiré encima de ella y la penetré analmente, se quejó, es verdad, pero una vez terminado el acto quedó distendida.

La dejé un rato en esa posición mientras acariciaba su espalda, sus piernas y sus pies, comencé a besarle esas zonas, luego a darle pequeños mordiscos, hasta que la solté, la dí vuelta y la amé con una fuerza hasta el momento desconocida para ambos.

Fue un instante sublime, ambos comenzamos intuir como serian nuestros encuentros de ahora en más.

En la siguiente vez, ni bien entramos en la habitación, apagué todas las luces salvo un reflector cuyo haz daba justo frente a un espejo.

La dejé parada ahí y me recosté en la cama, entonces le ordené: "En absoluto silencio, te vas a ir sacando las prendas que yo te diga, con lentitud y girando lentamente 360 grados".

Primero fueron los zapatos, luego la blusa, mas tarde el corpiño.

Le indiqué que con el pañuelo que yo había llevado se amordazara.

Cuando lo hizo, con una seña la llamé para que se acercara y me alcanzara la soga que estaba en la silla. Así lo hizo y extendió sus muñecas hacia delante. Se las até y la llevé al medio de la habitación donde cruzaba una barra de lado a lado, le sujeté sus brazos a la misma y con movimientos de cierta rudeza la desnudé de la cintura para abajo, para terminar atándole los pies.

Le indiqué que girara hasta quedar de frente a un gran espejo, entonces prendí todas las luces para dejarla lo mas expuesta posible.

Me saqué en cinto y comencé a pasarlo suavemente por todo su cuerpo, al tiempo que en voz baja, pausada pero amenazante le decía: "¿Te das cuenta lo que te espera?".

La azote por más de una hora en pequeñas cantidades por vez, con largas esperas entre una tanda y la siguiente, indicándole que no dejara de mirarse en el espejo. En algún momento la vendé e hice zumbar el cinturón cerca de ella para provocarle una cierta incertidumbre, era hermoso ver sus sobresaltos y sentir su respiración cada vez mas agitada.

De improviso le solté los pies y tomando sus muslos coloqué sus piernas alrededor de mi cintura al tiempo que la penetraba.

No sé cuanto estuvimos así pero quedamos exhaustos. Entonces la descolgué, me tiré sobre un sillón y le permití que se acurrucara a mis pies como una perrita mientras le acariciaba la cabeza.

Su mirada demostraba todo el placer vivido y su boca, todavía amordazada, parecía pedir algo. Le saqué el pañuelo y la besé.

Susurró: "Lo amo señor".

No vale la pena ahondar en otros ejemplos. Todos tuvieron algo de similar, la relación sumisa – amo se fue consolidando, incluso en la vida cotidiana, no solo en las relaciones con sexo.

Al fin nos casamos, y como corresponde fuimos de luna de miel.

Allí no paso nada nuevo, salvo la vez que la ate a la cama y le unte los pechos, el abdomen y las piernas con dulce y luego se lo saque con mi lengua algo que nunca habíamos hecho.

Ya instalados en el hogar, las prácticas no variaron demasiado, cuento una a modo de ejemplo:

Una mañana al despertar decidí atarla de pies y manos juntándole sus miembros, además de ponerle una mordaza. Una vez concluida mi tarea me fui a comprar el diario, dejándola en esta posición.Media hora después volví y con toda la displicencia del mundo me senté a desayunar y leerlo.

De a ratos me acercaba para mirar como sufría en ese estado.La alce y la deposite en el suelo a mi lado, la tuve así por mas de dos horas.Cada tanto le acariciaba la cabeza como a una perra, le saqué la mordaza y le acerque un plato con galletitas en pedazos para que comiera en esa posición. Obedeció y así lo hizo.

En un momento dado le solté las extremidades, luego desate sus pies y la incorpore. Intentó alguna queja pero con una fuerte palmada en su nalga y tomándola de un brazo la lleve bruscamente hasta el dormitorio, la tendí de una sobre la cama y la amé.

Luego de un rato de relax, nos cambiamos y salimos a parear por Palermo.

Como estas hubo otras parecidas, todo iba sobre ruedas, nunca faltaron las flores en su cumpleaños ni en algún aniversario, tampoco algún poema en el que era la musa inspiradora.

Sin embargo con el correr de los años, fueron decayendo las ganas.

Me parecía sentir que aceptaba los juegos como una imposición matrimonial, como que debía soportarlos aunque no le gustaran. Los minimicé tratando de que no se sintiera mal.

Traté de hablarlo en varias oportunidades, pero parecía tener vergüenza o algún otro impedimento emocional para poder establecer ese diálogo.

Poco a poco las relaciones amorosas se iban haciendo nada más que una rutina, los juegos con ataduras comenzaron a desaparecer, todo empezó a hacerse como un simple ejercicio antes de dormir, que además fue espaciándose en el tiempo, con alguna débil excusa mediante.

Me preguntaba el porque, si era yo el que fallaba, si había otras razones, hasta incluso pensé que podía existir alguien mas.

Una rara angustia se apodero de mí. Me desesperaba la idea de perderla, era como una parte de mi ser que no podía faltarme.

¿Era quizás que mi dominio comenzaba a asfixiarla? ¿Debía buscar alguna idea nueva? Me decidí a reconquistarla.

Como primera idea le regale un camisón de seda rojo y cortito para que lo usara. Lo hizo pero sentí que era más una obligación que un placer, parecía faltarle algo más. Recapacité. Al fin de cuentas era otra forma de sumisión.

Probé con poemas, salidas románticas, regalos costosos y no hubo cambios.

Una y otra vez procuré discutir este sentimiento que me deprimía cada vez más. Quería que entre ambos buscáramos una solución.

Pero generalmente estos temas eran rechazados una y otra vez, aunque nunca me quedaba claro si era conciente de su reacción.

Por fin, una vez nos ganamos un viaje a un paisaje maravilloso, en un hotel de primera, y sin la compañía de los chicos. Creí que había llegado el momento de soplar sobre las cenizas y si quedaba alguna chispa volver a generar el incendio de los primeros años. Ni bien llegamos fuimos a recorrer el lugar. Comimos a la orilla de un lago espectacular. Sacamos miles de fotos. Subimos a un cerro nevado y jugamos como dos nenes una sensacional guerra, hasta armamos un muñeco. Todo era felicidad y diversión, nuestro compañerismo no había decaído en un ápice.

A la noche entré en la habitación luego de ir a buscar algo al auto y me llamó desde el baño. Estaba en el jacuzzi, era la primera vez que lo probaba, estaba desnuda, sentí que el alma me volvía al cuerpo. Me acerqué tímidamente para besarla, pero me pidió que la dejara sola.

Cuando salió me volví a acercar pero me dijo: "Sé que no estamos bien, entiendo que este seria un buen momento para hablar, pero te pido un poco mas de paciencia. Tratemos de terminar estos días como si fuéramos amigos y de vuelta en casa investiguemos que pasa, o, mejor dicho que me pasa. Esta claro que vos seguís sintiendo lo mismo que al principio .Te quiero muchísimo y veo que te estoy lastimando y eso no me lo puedo permitir. Sé que sos un gran tipo, un buen amante y un excelente padre, pero hay algo dentro mío que rechaza el contacto a pesar que como te dije recién te quiero mucho".

No dije nada y me fui solo a fumar un cigarrillo al living del hotel.

No tardo en venir. Se sentó a mi lado y pasando su brazo sobre mi hombro me hablo al oído: "Perdoname, no quiero que te sientas mal, vení que voy a tratar de estar lo mejor posible".

No quise que fuera más de lo mismo así que la invité a pasear por el pueblo. Caminamos abrazados un largo rato mirando vidrieras, aprovechando para comprar regalos, hasta que volvimos a la habitación y nos fuimos a dormir.

Ya de vuelta en nuestro hogar la vida se encaminó igual que antes y las respuestas que ella dilataba en el tiempo no llegaban.

Por mi parte intentaba no insistir pero más de una vez llegaba a decir: " os me dijiste que cuando volvíamos íbamos a investigarlo".

Su respuesta era siempre la misma: "Todavía no me siento como para eso".

Yo seguía siendo complaciente, sin darme cuenta había dejado de dominarla.

Una noche, que estábamos solos en casa me fui a dormir sin dejar de pensar en nuestros problemas, mientras ella se quedaba viendo televisión en el comedor.

Entonces me decidí. Había que jugarse pensando como un adolescente y no como un marido con años de vida conyugal.

Cuando bajo, como siempre se sentó al costado de la cama y comenzó a desvestirse.

En el momento que quedó con el torso desnudo, me abalancé sobre ella la tiré boca abajo sobre el colchón y con una soga que tenia preparada le até las manos a la espalda.

Intento quejarse pero con firmeza le tapé la boca y en tono enérgico le dije: "No hables, no opongas resistencia porque va a ser peor."

Como paso siguiente, luego de amordazarla, terminé de desnudarla de la cintura para abajo y le até los pies. La arrodillé al costado de la cama, me senté frente a ella y tomándola de los pelos le previne: "¡Ya colmaste mi paciencia! Vas a ser desde ahora de nuevo la esclava obediente que te corresponde".

Me paré a su lado y me quité el cinturón. Su mirada valía más que mil palabras, sabía lo que le esperaba.

Le vendé los ojos e hice zumbar el cinto a su alrededor, era hermoso ver sus sobresaltos como cuando éramos novios. Le dí unos cuantos azotes y la dejé esperando un rato.

Luego me acerqué y le susurré al oído: "Ahora vas a hacer algo que nunca quisiste, que siempre suplicaste que no te lo exigiera, y yo acepté. ¡Pero esta vez se acabó!"

Su cabeza se sacudió en un gesto de negación frenético. No me ablandé. Dos o tres latigazos fueron suficientes para que se calmara.

La tome de los pelos, le arranqué la mordaza e introduje mi pene en su boca. Cuando estaba a punto de estallar, la tendí sobre el piso, le solté los pies y como en el pasado "la violé".

Sus palabras volvieron de allá lejos, me susurró: "Lo amo señor"



Autor: Amo Alfredo