INTRODUCCON
Después de más de dos años del descubrimiento de diferentes elementos en el baúl de la tía Mena y aún sin permiso de Amadeo, me animo a compartir con ustedes mis investigaciones y descubrimientos.
Confieso que todo esto no hubiese sido posible sin la colaboración de Sarita Ferrato, sobrina de Filomena y tía de Amadeo. Fue ella quien me ayudó a organizar datos y a comprender las actitudes de Mena, dado que compartió mucho tiempo con esta genial y valiente mujer antes que el resto de la familia y, pese a la oposición de Sarita, decidiera internarla en el geriátrico donde finalmente murió. Durante todo el tiempo que estuvieron juntas, Filomena la tomó como paño de lágrimas y confesora, porque necesitaba contarle a alguien todos los periplos por los que había pasado en su vida, y dado que su sobrina era una mujer de mente abierta, sería la persona ideal para ser su oído. A su vez Sarita tuvo a bien compartir conmigo todo lo que sabía de Mena al enterarse sobre mi proyecto de escribir un mini-cuento basado en la historia de su tía, que por lo que había leído en las cartas robadas de aquel baúl olvidado en la casa de la familia de Amadeo, era una vida muy interesante y jugosa.
Antes de entrar de lleno en la historia, quiero contar su infancia y juventud a grandes rasgos.
Filomena Ferrato nació en la Argentina en 1905. Fue la menor de los seis hijos que tuvieron Ceferino Ferrato y Adelina Cortez, una pareja de clase media con buen pasar. Don Ceferino era contador y su esposa era profesora de piano, una mujer culta y refinada que le inculcó a sus hijos, hembras y varones, todo lo que se esperaba de alguien con cultura en la época: música, literatura, francés y también bases políticas y sociales, todo mezclado con buenos modales, urbanidad y cultura general.
Filomena siempre se destacó por su belleza e inteligencia. A los 19 años se casó con un marinero polaco y se marchó con él a Inglaterra, donde tenía su base la compañía naviera para la que él trabajaba. Según contó a su sobrina muchos años después, el poco tiempo que vivió con su esposo, Peter Jarboe, fue muy feliz. A fines de 1926, estando embarcado, su navío tuvo un grave accidente y se hundió junto a la tripulación durante una tormenta tropical en el caribe. Y aquí comienza la historia…
- - - - -CAPITULO 1: EL ENCUENTRO
Con 22 años, Filomena se hizo poseedora de una pequeña fortuna que le pagó como indemnización la naviera y sin saber qué hacer, estuvo a punto de regresar a su país, con su familia. Tenía dos posibilidades: tomar el dinero y regresar a la Argentina donde podría vivir tranquilamente durante un largo período, o quedarse en Inglaterra u otro país de Europa y hacer algo con ese dinero. Le gustaba más la segunda opción, pero… ¿qué podría hacer?
Siempre había sentido inclinación por el lujo, los artículos finos, la ropa cara… pero nunca se había dado ese gusto por falta de dinero, pero ahora... Harrod’s era el lugar indicado para lo que ella deseaba. Si allí compraba la Familia Real Inglesa y tantas Casas Reales Europeas, ¿por qué ella no podría hacerlo también? Una tienda que tenía 91 departamentos, seguramente tendría lo que ella buscaba. Después de todo su slogan era “Everything for Everybody Everywhere” (Todo para Todos en Todas Partes). El verde y dorado característico de esta tienda, se convertirían en sus colores favoritos.
Tenía claro que no podría gastar demasiado, así que debía comprar con inteligencia. Poco, pero fino y combinable, varios accesorios con los que pudiera jugar para hacer parecer la misma ropa con diferente aspecto.
Lo hizo. Gastó una parte importante del dinero que tenía pero consiguió un guardarropa bastante completo.
Una tarde veraniega, decide estrenar sus prendas. Había leído en el periódico que se había inaugurado un estupendo hotel en el corazón de Londres: la zona de MayFair. Un edificio maravilloso, con instalaciones de lujo y un restaurante abierto al público sería el lugar ideal para estrenar su nueva vida y dejar atrás su viudez. Estaba segura que “The MayFair” se convertiría en un ícono para ella.
Vestida con toda elegancia varias cabezas, masculinas y femeninas, se iban dando vuelta a medida que ella iba caminaba por las rojas y mullidas alfombras del hotel. El camarero la condujo hasta la mesa cercana a un grupo de caballeros que hablaban su mismo idioma. De espaldas, con toda educación y disimulo, prestó atención a lo que decían aquellos cinco hombres que casi no podían quitarle los ojos de encima.
- Caballeros, les pido atención por favor –dijo uno de ellos con voz ceremoniosa- Este torneo es algo muy serio. La Copa Hamilton Russell es lo máximo en Ajedrez y debemos poner todo nuestro empeño en su conquista. Ustedes cuatro fueron elegidos porque son los mejores jugadores de ajedrez en Argentina. Me podrán decir que Damián Reca es el actual campeón, pero se negó a venir. Y Alejandro Guerra Boneo, en paz descanse, hubiese estado aquí si no hubiese fallecido en el accidente que tuvo en Jujuy, sin dudas. Pero ustedes, queridos amigos, forman un equipo fabuloso: Grau, Rivarola, Nogues Acuña y Palau.
¿Argentina? Había dicho Argentina, eran de su misma tierra. ¡No lo podía creer! Tuvo el impulso de darse vuelta y presentarse, pero… Eso no era correcto ni estaba bien visto. Así que se mantendría en su lugar mientras pudiera.
Los hombres siguieron hablando y ella escuchando. Así se enteró de las peripecias que tuvieron durante el viaje de 25 días en el barco Monte Olivia. Supo también que eran el equipo que más había viajado y que la competencia sería del 18 al 31 de julio en el Central Hall de Westminster, donde participarían 16 naciones y 70 jugadores. Ajedrez, el deporte de los reyes. Su madre le había enseñado a jugarlo desde pequeña y competía con sus hermanos y algún pariente más. Definitivamente no era buena, pero sabía cómo jugarlo y también apreciar un buen partido.
No aguantó más. Con máximo cuidado se levantó de su silla y se dirigió a la mesa que había tenido a sus espaldas hasta ese momento. Los hombres la miraron atónitos cuando la vieron dirigirse a ellos.
- Caballeros -todos se pusieron de pie inmediatamente- Les ruego sepan disculpar mi atrevimiento, pero no pude resistir el saludarlos. Ese acento porteño tan querido y extrañado por mí en estos últimos tiempos me atrajo a su mesa luego de oírlos hablar. Permítanme presentarme: Filomena Ferrato Cortez, viuda de Jarboe –dijo con una tímida sonrisa dirigiendo su mano hacia el más veterano de los hombres.
- Madame… Agostino Sandoval a sus pies -saludó gentilmente el hombre.- Lamento que una mujer tan bella y tan joven ya haya tenido que pasar por el duro trance de la viudez. Mis condolencias.
Filomena agradeció con un gesto de cabeza las palabras del hombre y continuó saludando al resto. Aceptó la invitación a compartir la mesa con ellos y a grandes rasgos les contó sus vivencias en el viejo mundo. Dada la belleza, simpatía y cultura de la joven, consiguió más rápido de lo esperado la invitación al torneo, que comenzaba al día siguiente, a las 14 y 30 horas.
- - - - -El 18 de julio de 1927 a las 14:20 horas, Filomena Ferrato volvía a atraer todas las miradas al ser una de las pocas mujeres invitadas al certamen. Daba gusto verla caminar, tenía porte de reina: erguida, con la cabeza en alto y el paso firme, dio una rápida y disimulada ojeada a todos los presentes hasta que ubicó a sus nuevos amigos en un pequeño grupo. Se dirigió hacia ellos.
A medida que se acercaba oía la algarabía del grupo.
- …entonces, feliz día hermanos.
- Gracias. Sí, es un día muy especial… –dijo el hombre y con los ojos clavados en Filomena, agregó- …tan especial como esa inglesita que viene hacia acá. ¡Por Dios qué pedazo de mina!
La joven hizo como que no comprendía y aprovechó a sonreír a medida que se acercaba al grupo.
- Good morning gentlemen –su inglés tenia un poco de acento, pero no era demasiado fuerte.
El hombre al que había escuchado y que no disimulaba su admiración, se acercó:
- Ya mismo que uno me diga un piropo en inglés. Este bombón se ve delicioso con la envoltura que trae, no quiero imaginarlo desenvuelto porque me muero de la emoción…
Agostino salió al cruce.
- Mi estimado amigo oriental, permítame presentarle a mi compatriota: la señora Filomena Ferrato.
El pobre hombre no sabía dónde meterse. Su cara era un muestrario de gamas de rojos y blancos, mientras que sus gestos iban desde el asombro hasta la vergüenza. Agostino prosiguió.
- Señora Ferrato, le presento a nuestro amigo del otro lado del charco, reportero del periódico de ajedrez “Mundial” de Uruguay. Los hermanos orientales festejan hoy una de sus fiestas patria: 18 de julio, Jura de la Constitución.
- Señora –dijo el piropeador frustado- le presento mis disculpas por lo dicho. No fue mi intención ofenderla ni faltarle el respeto, pero su belleza y elegancia despertaron el “charrúa” dormido. Lo lamento.
- Señor… emmmmm…
- Gallardo, Washington Gallardo para servirle.
- Señor Gallardo, sus palabras no fueron las más elegantes y sutiles que he oído en mi vida, pero debo agradecerle la sensación de sentirme caminando por alguna callecita de mi querido Buenos Aires. Porque nos parecemos bastante los bonaerenses y los montevideanos ¿verdad? ¿Será porque nos une el Río de la Plata?
- Seguramente señora. Sólo el Río de la Plata puede tener hijas tan hermosas.
- Gracias
- ¿Gracias? Gracias son las que la adornan madame.
Sus compatriotas tuvieron que llevárselo casi a los empellones. El equipo de Argentina quedó sonriendo divertido por lo sucedido. Pero Washington Gallardo no fue el único que se prendó de la belleza de Filomena. Durante el torneo, la joven se sintió admirada, agasajada, mimada por muchísimos caballeros de diferentes nacionalidades, pero… sólo uno llamó su atención: uno que la ignoró completamente todo el tiempo.
Lord Raymond Sawford era un caballero de aspecto serio. Estaría pasando apenas la cuarta década de su existencia. Alto, delgado, de cabellos castaños y levemente ondulados. Tez blanca, rostro adusto con ojos verdes de mirada fría y distante, cuerpo atlético de extremidades largas. Sus manos eran grandes, e imaginaba qué se sentiría ser acariciada con ellas.
El hombre con quien soñaba cada noche tenía esos gestos de frialdad tan característicos de los ingleses, y producían en Filomena una serie de emociones que no podía comprender. Por un lado rechazaba su trato tan áspero y formal, su ego se sentía herido porque no la admiraba como el resto de los hombres, porque la ignoraba a pesar de los infinitos esfuerzos que hacia por llamar su atención. Con un disimulo que no era tal, la joven mujer no cesaba de mirarlo y admirarlo. Le atraía su porte de Lord, la elegancia en el vestir, sus ademanes y gestos siempre sobrios, la distancia que ponía entre él y el resto de la humanidad, su desenvolvimiento ante cualquier situación y aquella facilidad de palabra y argumentación que hacía que la mayoría de la gente quedara sin palabras ante sus exposiciones. Pero sin lugar a dudas el atractivo más fuerte era ese halo de misterio que lo envolvía.
- - - - -Agostino Sandoval, entrenador y representante del equipo argentino, se había convertido en amigo y consejero de Filomena, por lo tanto sabía de su admiración por el noble inglés. Día tras día había visto aparecer a la joven con diferentes vestuarios, siempre bella y elegante, aunque con 22 años la lozanía y juventud de la mujer, sin hablar de su magnífico cuerpo, eran atributos suficientes para ser hermosa, pero ella los resaltaba con finas prendas que eran la envidia del resto de las damas concurrentes al evento.
- Niña –le dijo un día Agostino- deberías cuidar más tu dinero. Si sigues comprando ropa a ese ritmo y gastando de la forma alocada en que lo haces, la pequeña fortuna que recibiste se te acabará en pocos días. Entonces… ¿qué harás?
-No lo sé… pero mi única meta es conocer a Lord Sawford. Creo que me he enamorado de ese hombre y no sé de qué forma llamar su atención para que se de cuenta de mi existencia.
- ¡Haberlo dicho antes! Si lo que quieres es conocerlo, yo te lo puedo presentar. Todas las noches va a cenar a nuestro hotel y varias veces hemos hablado. Su español es excelente. Estuvo viviendo y estudiando en Salamanca durante años y allí aprendió nuestro idioma. Obtuvo allí su título de…
No lo dejó terminar de hablar. Lo levantó del sillón y aprovechando que aún no había comenzado la última etapa del torneo, lo dirigió hacia donde estaba Lord Sawford. Filomena ni cuenta se dio que en el apuro por llegar, hizo trastabillar al pobre Agostino por dos veces, deteniéndose cuando faltaba un pequeño tramo para llegar al Duque. Apenas le dio tiempo a recuperarse cuando ya estaban frente a él.
- Lord Sawford, como siempre es un placer saludarlo.
- Señor Sandoval, cómo está usted –dijo en un correctísimo español, aunque con un fuerte acento. Una vez más ignoró a la joven que le sonreía embelesada e hizo un par de preguntas de rigor al caballero argentino, quien respondió gentilmente.
- Milord, permítame presentarle a una querida amiga argentina que reside aquí en Londres desde hace un tiempo: la señora Filomena Ferrato. Madame, es mi placer presentarle a Lord Sawford, Duque de Volteen.
- Señora –dijo haciendo una gentil reverencia mientras llevaba la mano femenina hacia su frente con una leve inclinación- Pero no veo por aquí al señor Ferrato. ¿Es que acaso no le gusta el ajedrez?
- No es eso Milord. Soy viuda.
- Vaya, disculpe usted. Acepte mis condolencias.
- No hay nada que disculpar. Usted no lo sabía, gracias.
- Disculpen, pero está por comenzar la final y no quiero perderla. Señor Sandoval, con seguridad nos veremos antes de que partan. Señora Ferrato, un placer. Buenas tardes.
Sin esperar respuesta, se dio media vuelta y fue a buscar su ubicación. La desilusión de Filomena no se hizo esperar. Se quedó mirando cómo se alejaba, mientras que Agostino tiraba de ella esta vez. La tomó de la cintura y la condujo hasta sus lugares.
-Filomena, por favor ¡compórtate mujer!
-Es tan guapo y tan… desconsiderado y frío. Por un lado me dan ganas de sopapearlo por su comportamiento tan distante, y por otro me dan ganas de atrapar su cuello y besarlo… ¡Hombres!
Su acompañante no tuvo más remedio que sonreír ante el comentario de la jovencita. Se la veía tan aniñada con el sombrero calado hasta los ojos, su cabello tan corto, los brazos entrelazados sobre su pecho, la mirada baja y un mohín de enojo que la hacían lucir encantadora. Agostino sonrió una vez más y se puso a ver la partida final: Hungría y Dinamarca.
Al término todos coincidían que debería haber ganado Dinamarca por haber sido el equipo que ganó más partidas, pero Hungría se alzó con el título de Primer Campeón Mundial de Ajedrez. El dinamarqués Norman-Hansen logró el mejor resultado individual, e Inglaterra se hizo acreedora de un digno tercer puesto, mientras que Argentina quedó en décimo segundo lugar.
Luis Palau fue galardonado por el periódico “Mundial” para quien trabajaba Washington Gallardo, con un premio especial de “belleza a la partida” que le ganó al holandés Jan Willem te Kolsté. La cena de gala sería al día siguiente y serviría de despedida a todos los integrantes de los equipos e invitados especiales.
- - - - -Filomena, haciendo caso omiso a los sabios consejos de Agostino, gastó una importante suma en el traje que usaría aquella noche. Su objetivo: deslumbrar a Lord Sawford. Se presentó a la cena del brazo del veterano entrenador, enfundada en un vestido blanco, lánguido, largo por debajo de la rodilla y con un aire muy andrógino, como lo dictaba la moda en ese momento. Por supuesto con el pelo corto que no llegaba a ser “garçonne”, pero poco le faltaba. Era la fresca imagen de los “años locos”, reflejando belleza y juventud.
Apenas llegaron, Filomena se dedicó a buscar visualmente a Lord Brown, pero no logró verlo. Tuvo el privilegio en cambio, de conocer e intercambiar unas palabras con Vera Menchik, otra joven mujer que prometía mucho en el ajedrez. Había nacido en Rusia, de madre inglesa y padre checoslovaco. Vera sorprendió gratamente a Filomena, que llegó a admirarla por la soltura con que hablaba con el sexo opuesto y… por la facilidad con que les ganaba al ajedrez a los hombres que se animaban a jugar con ella.
Filomena quedó reflexionando cuando una voz profunda la hizo volverse. Sí, era Lord Sawford, tan elegante y distinguido como siempre. Enseguida notó la fragancia de Jean Patou que publicitaban en Harrow’s. Nadie tenía ese toque de distinción excepto aquel hombre maravilloso.
-Buenas noches madame Ferrato. Está usted especialmente encantadora esta noche. Espero que disfrute la velada. Con su permiso…
Sin poder darle otra respuesta que una breve sonrisa, Filomena se quedó mirando a aquel hombre que no era nada simpático, sin embargo, no lo podía tildar de grosero sino todo lo contrario.
Durante la cena, Filomena se comportó como una gran dama de sociedad, excepto por su risa casi adolescente que no podía evitar. Era continuamente observada sin que ella lo notara, y pronto sabría por qué.
Al retirarse de la fiesta, Filomena utilizó de una forma muy poco inteligente, el viejo truco de tropezarse con el hombre que le interesaba.
-¡Oh! lo siento mucho Milord. Qué torpeza la mía…
- No se preocupe madame, de todos modos me quería despedir de mi amigo Agostino. He oído que pronto partirán de regreso a la Argentina. ¿Es correcta la información?
- Correctísima Raymond. En unos tres días partiremos nuevamente a nuestro país.
- Bien, en ese caso quisiera invitarlo a mi casa mañana al mediodía –le dijo al tiempo que le extendía una tarjeta de visita-. Me encantaría que me acompañara a almorzar. ¿A la una de la tarde le parece bien?
- Por supuesto. Allí estaré, cuente conmigo.
- Madame Ferrato, esta es mi tarjeta. Si necesita cualquier cosa mientras dure su estancia en Londres, no dude en contactarme.
- Así lo haré Milord, gracias por su gentileza.
- Bien, fue un placer verlos. Ahora me retiro. Buenas noches y hasta siempre.
No esperó que le retribuyeran el saludo, simplemente salió y se montó en su coche particular, desapareciendo en la noche londinense…
- - - - -Eran casi las cinco de la tarde y Agostino no aparecía. Lo había citado en un salón de té con el sólo fin de saber más de Lord Sawford.
Las cinco campanadas del reloj de la iglesia cercana habían sonado hacía ya casi 20 minutos cuando apareció el veterano entrenador. Definitivamente, no era inglés. Atravesó el salón hasta llegar a la impaciente muchacha que antes de que tomara asiento ya lo había asaltado con mil preguntas.
Con la paciencia que lo caracterizaba, el buen hombre relató lo mejor que pudo su encuentro con su amigo Raymond: dejando protocolos de lado, el almuerzo había sido de total camaradería. Después del relato, cambiando su rostro que se impregnó de una profunda tristeza, el veterano miró con afecto a la joven.
- Filomena… Estoy muy preocupado por ti. Por lo que sé ya casi no te queda dinero y estás sola en esta ciudad extraña. Puedo ir contigo a la Embajada Argentina y podrías regresar como repatriada a nuestro país, donde está tu familia. Allí puedes recomenzar tu vida y tener un futuro.
- No, no quiero. No regresaré de esa forma jamás. Me gusta Londres, me gusta este país y me gusta… Lord Sawford. No sé cómo haré, pero buscaré la manera de permanecer cerca de él.
- ¿Estás segura que es lo que deseas? Aún estás a tiempo de cambiar de opinión.
- No cambiaré de opinión.
- Está bien. En ese caso… ve a hablar con Lord Sawford, él te ayudará seguramente. Me comentó que estaba buscando una institutriz para sus sobrinas y yo le sugerí tu nombre. Estoy seguro que te contratará si te sabes comportar como la dama que eres y dejas de lado esa niña tonta y traviesa que tiene la manía de surgir en el momento menos adecuado.
Filomena estaba tan feliz que sin pensarlo le dio un sonoro beso en la mejilla. Las damas y caballeros que estaban tomando el té, se dieron vuelta a ver quién había sido la indiscreta mujer que había tenido ese desparpajo, esa falta de urbanidad. Cuando observaron a la joven, el pensamiento fue general: “Hummm… ¡extranjeros!”
Los días siguientes fueron duros para la joven. El dinero estaba a punto de acabarse y Agostino había partido ya. Así que decidió ir de una vez a visitar a Lord Raymond Sawford. Ahora se veía en un lío… ¿qué era lo correcto? No tenía una cita, pero… ¿Cómo haría para conseguirla? Tendría que ir a la casa y solicitarla. O quizás debería pedir para hablar con él directamente. Estos ingleses y sus protocolos… En fin. Se presentaría en la casa y luego vería.
- - - - -Al llegar a la dirección se quedó paralizada. Aquello no era una casa, era una mansión con un breve pero bello jardín. Se acercó a la puerta y utilizó el llamador. En pocos segundos un mayordomo con rostro alargado, una profunda calvicie y cara de pocos amigos la miró con aire despectivo.
- Buenos días madame. ¿En que la puedo servir?
- Buenos días, quisiera ver a Lord Sawford.
- ¿Madame tiene cita con Milord?
- No, pero él me entregó su tarjeta para que viniera a verlo cuando yo quisiera.
Buscó nerviosa en su carterita la tarjeta de presentación y la exhibió al mayordomo como si se tratara de un salvoconducto. El sirviente franqueó la puerta y apareció ante los ojos de la joven un salón recibidor con una magnífica escalera de mármol. En el ambiente se respiraba solemnidad y protocolo. El mayordomo tuvo que repetir la frase:
- Por aquí madame –dijo mientras señalaba una puerta de cedro a su derecha. Era el despacho de Lord Sawford: una habitación más bien oscura, llena de libros y con un enorme escritorio de madera tallada que tenía detrás un sillón de cuero color marrón oscuro que le daba al lugar un aire de respeto- Puede tomar asiento mientras espera. Le informaré a Milord y verá si la puede recibir ahora.
Cuando el ceremonioso mayordomo se hubo retirado, la joven saltó del asiento y fue a mirar los libros. La puerta se abrió de golpe y el mayordomo la miró como habiéndola agarrado en falta. Con su nariz muy arriba, le espetó:
- Milord la recibirá en un momento. ¿Desea madame tomar algo mientras espera?
- No, gracias, estoy bien.
- Me permito recordarle a madame que todos estos libros son antiguos y muy valiosos. De más está decir que Milord agradece que no los toquen. Con permiso de madame…
Cerró la puerta con cuidado y la joven levantó los hombros como si no le importara lo que el mayordomo le había advertido. Recorrió los lomos de los libros con mirada de quién conoce del tema. Filosofía, literatura clásica, pensadores antiguos y modernos, y podría decir que… las obras completas del Marqués de Sade. No lo podía creer. Siempre había querido leer sus libros pero nunca había tenido uno tan cerca. Miró para todos lados y tomó “Las ciento veinte jornadas de Sodoma”. En su rostro se veía la emoción. Estaba en francés, pero eso no le importó. Saltó de una página a otra, leyendo a una velocidad de vértigo. Ni siquiera oyó la puerta cuando se abrió y apareció la figura de Lord Sawford, que al verla se quedó inmóvil para observar la reacción que tendría la mujer cuando se diera cuenta de su presencia.
Pero ella estaba demasiado ensimismada en la lectura como para detectarlo, así que no tuvo más remedio que emitir una tímida tos. La joven levantó la cabeza y miró al caballero que tenía cara de gran enojo. Y no lo disimulaba.
- Madame, le agradecería que pusiera ese libro en su lugar. Deberé llamar la atención de mi mayordomo por no advertirle que no me gusta que toquen mis libros, a menos que sea con mi previa autorización.
- Lo siento mucho Milord. La falta a sido totalmente mia. Su mayordomo me lo dijo, pero la tentación fue muy grande.
- Bien, le agradezco su honradez. Tome asiento y dígame qué se le ofrece.
- Verá Milord… El señor Agostino me dijo antes de marchar que necesitaba usted una institutriz para sus ahijadas. Yo estoy buscando trabajo y venía a ofrecerme para el puesto.
La mirada dura y fría de Lord Sawford intimidaba a la joven y la descolocaba bastante, además de hacerle sentir a cada momento el error que había cometido.
- Es verdad que estoy buscando institutriz, pero no creo que usted sea la indicada. Quiero que mis ahijadas sean educadas bajo estrictas normas de conducta, donde la obediencia sea una de las principales. Si no es usted alguien a quien le agrade obedecer… ¿cómo lo enseñará, cómo transmitirá este valor a sus pupilas?
- Señor… le repito que lamento lo sucedido, y le aseguro que no volverá a ocurrir. Lo siento de verdad.
- Dígame madame, es usted una mujer joven y viuda. Muchos hombres la rondarán.
- Sí, soy viuda, pero no tengo ningún hombre que me corteje, estoy sola. Mi familia está toda en Argentina y yo me acostumbré a vivir en Inglaterra, por eso no quise regresar a mi país. Pero necesito trabajar. No tengo título de maestra, pero mi cultura general seguramente será suficiente para educar a sus sobrinas.
- La cultura general no es suficiente para educar a dos señoritas de sociedad. Necesito que sepan protocolo, urbanidad, valores familiares y sociales, idiomas básicos y cultura general: música, pintura, teatro, ópera… ¿Me estoy explicando madame?
- Perfectamente Señor. Creo que estoy capacitada para enseñar todo eso a sus sobrinas.
- ¿Incluida la obediencia?
- Sí Señor. Espero que me de otra oportunidad para demostrarlo.
- Bien. La contrataré dos meses a prueba. Viajaremos al castillo que tengo al norte del país y donde me están esperando mis sobrinas. Si acepta las condiciones, mañana partiremos.
- ¿Cuáles son las condiciones Milord?
- Traerá con usted todas sus pertenencias, pero en el castillo llevará el uniforme o la ropa que se le asigne día a día. Su único trabajo será la educación de mis sobrinas, y el período de prueba será de dos meses. Su salario será casa, comida y vestimenta, además de un sueldo de 20 libras por mes. Si no cumple usted con su tarea a mi gusto, será despedida, pero le conseguiré otro trabajo con algún amigo o conocido. ¿Acepta?
- Sí Milord, muchas gracias por su generosidad.
- El único agradecimiento que deseo es que cumpla con sus obligaciones. La espero mañana a las 7 de la mañana aquí. Puede retirarse. Buenos días.
- Buenos días Milord. Hasta mañana.
No pudo ver la sonrisa de satisfacción que se dibujó en el rostro del noble cuando la vio marchar. Sin duda, esta chica prometía mucho y sería él quien la llevara por los caminos que sabía le iban a gustar. Tomó el libro que la chica había colocado apresuradamente en la estantería, dejándolo mal acomodado. “Así que el Marqués de Sade ¿eh? Seguramente lo conocerás antes de lo que te imaginas mi pequeña institutriz…”. Volvió a sonreír de una forma irónica. Colocó el libro prolijamente en la estantería y se marchó.
- - - - -Filomena llegó corriendo a la vivienda donde residía y le pagó a la casera hasta el último penique. Corrió a su habitación y en las viejas maletas acomodó primorosamente cada una de las prendas que tenía. Eligió una ropa cómoda para viajar al día siguiente, zapatos también muy cómodos y dejó a mano un par de mudas en un bolso de mano. Sentía una gran excitación y el resto del día lo dedicó a descansar, soñar y programar una vida que no tenía idea cómo sería, pero que imaginaba diferente. Se estaba lanzando a la aventura con un hombre que no conocía, aunque era alguien de mucho prestigio, y además, confiaba en que Agostino la había puesto, en cierto modo, en manos de este hombre taciturno y misterioso.
Con todos estos pensamientos se durmió, despertándose sobresaltada varias veces en la noche. Oyó entre sueños las seis campanadas del reloj del comedor y cerró los ojos unos segundos más. Cuando encendió la lámpara… eran las 6 y 30. Se vistió de apuro, tomó sus valijas y salió disparada en busca de un coche, que para su suerte encontró casi enseguida. Le pidió al cochero que se apresurara y golpeó la puerta de la mansión de su nuevo jefe faltando un minuto para las 7. El mayordomo abrió la puerta, la saludó con la misma frialdad del día anterior y sin agregar ni una palabra colocó las maletas de la joven en el costado de la entrada.
- Milord está desayunando. Me indicó que la invitara a desayunar con él. Por aquí madame.
Filomena agradeció con un gesto de cabeza y siguió al mayordomo. En una mesa para 8 personas estaba Lord Sawford en la cabecera. Al verla se puso de pie, y le indicó que se sentara a su derecha. La servidumbre dispuso de inmediato todo y en segundos estaba saboreando un delicioso desayuno inglés: té, tostadas, mantequilla, mermeladas, hash browns, huevos, bacon...
- Le advierto que el viaje será en tren por un largo tramo. Luego de un cansador viaje llegaremos al condado de Tyne and Ware, más exactamente a la ciudad de Newcastle. De allí en más el resto del viaje será en automóvil. Le sugiero que se alimente adecuadamente. No confío totalmente en el servicio del tren. Terminaré de vestirme mientras usted desayuna. Partiremos apenas termine.
No quedó muy claro que partirían cuando terminara ella o él, así que por las dudas Filomena comió todo lo que pudo en el menor tiempo posible. Tenía hambre, el día anterior apenas había comido y todo lo que allí había estaba delicioso. Cuando terminó sentía que casi no se podía mover, pero al sentir movimiento en la entrada, se levantó rápidamente. El mayordomo guardaba el equipaje en el auto que los llevaría hasta la estación de trenes.
- - - - -Filomena dejaba volar su mente mientras veía pasar el paisaje. Lord Sawford la observaba por el rabillo del ojo, pero seguía con su lectura. Luego de un largo rato, el hombre decidió entablar conversación con la joven e irla sondeando lentamente.
- ¡No puedo creer! –gritó con asombro- Mire Señor, por allí queda la ciudad de Stratford-upon-Avon. ¡Qué maravilla! Quizás algún día pueda ir allí.
- ¿Y a qué quiere ir a esa ciudad? –preguntó con toda la mala intención
- A visitar la casa de Shakespeare, por supuesto. Debe de ser increíble estar en el lugar donde ese genio se inspiró para escribir tanta maravilla.
Lo decía en serio. Sentía lo que estaba diciendo. Lord Sawford descubrió durante el recorrido, a una mujer inocente a pesar de todo lo vivido. Lo sorprendió y admiró la inteligencia de la joven, su rapidez mental y el vasto conocimiento sobre temas generales. La chica era una máquina de hablar, pero lo hacía con prudencia. Las largas horas de viaje, que se hicieron cortas para nuestros protagonistas, le dieron la oportunidad al hombre de hacer un rápido perfil de la muchacha: extrovertida, inteligente, culta, refinada, pero sumamente caprichosa, cabeza dura, traviesa, rebelde en extremo, con todo el ímpetu y la inconsciencia que da la juventud. Un bello ejemplar para domar como quien doma un potrillo. Filomena se sabía hermosa e inteligente, pero lamentablemente para la joven, el caballero que tenía enfrente le llevaba más de 20 años, no sólo de edad, sino también de experiencia.
Cuando llegaron a la estación de Newcastle los estaba esperando el chofer en un automóvil bastante amplio. Las maletas fueron a parar a la parte posterior y ellos tomaron asiento cómodamente. Luego de andar varios kilómetros, Lord Sawford le dio la orden al chofer de parar en cierto lugar. Supuso Filomena que sería para comer algo, y no se equivocó. Al terminar continuaron viaje.
Continúa ...
Autor: Ana Karen Blanco