SUCEDIO EN GOR

CAPITULO I

Shajar había llegado hasta la ciudad siguiendo una caravana de mercaderes que iba hacia allí. Jamás había estado en una ciudad tan grande. Jamás había visto tanta gente junta. Jamás habían tenido que soportar sus oídos tanto ruido y barullo alrededor. Hacía dos semanas le habían encomendado su misión: liberar a la compañera que había sido capturada por los hombres del Ubar de Mejalut en su incursión al campamento de la semana anterior, liberar nada menos que a la mismísima Ubaresa de su comunidad.

 

Su gente siempre había vivido en la libertad que da el desierto a sus habitantes. Grupos nómades como las dunas, arrastrados por el viento del desierto, acostumbrados a pelear por la vida día tras día y de sol a sol, para no ser devorados por las alimañas del lugar, para no sucumbir ante la sed y el hambre, para no ser consumidos por el fuego del mediodía o el hielo de la medianoche. Shajar formaba parte del grupo de la Ubara, Shtirtit. Algunas lenguas ociosas se entretenían en decir que era su hija, pero entre los habitantes del desierto no existe relación familiar. Conviven los que dicen pertenecer al mismo antepasado en común, el cual no es una persona, sino un animal totémico, que da nombre al clan: el León, el Tarn Gigante, el Perro del Desierto, el Zorro de la Arena... Y toda la vida es una ofrenda a este ser sobrenatural, que los alienta a seguir adelante en una zona tan inhóspita como el desierto del Este de la Contratierra, más allá de los bosques y de las estepas.

Shajar recuerda la mirada de Ashlilit cuando la puso al tanto de su misión. Una mirada cargada del coraje de las fieras y del cariño de la estirpe. Ashlilit, sacándola al frío majestuoso de la noche del desierto desde la tienda colectiva donde, en torno a un hogar de brasas, ingerían una cena frugal, en el silencio nocturno, le dijo, bajo esa negrura especial en la que las estrellas brillaban con más intensidad que otras noches:

— Querida niña. Hoy tienes el honor de haber sido elegida por la asamblea del clan del León de los hombres del desierto, para ser quien cumpla con el cometido de nuestra raza: “vivir libres por siempre, defender la libertad por decisión propia, defender la igualdad de toda criatura que nace en este mundo, para poder sobrevivir en el". Todos somos necesarios. Todos nos necesitamos. Todos dependemos de todos. No es menos importante el ser más minúsculo que el más grande. Todo es un desequilibrio inestable, que tiende a la igualdad. Hoy, mi querida Shajar, al iniciar el cumplimiento de tu misión, comienza tu proceso de ingreso a la adultez. Si fallas en el intento, tu muerte va a tener un sentido, evitarte sufrimientos futuros. Si logras cumplir con tu cometido, tu supervivencia va a ser la supervivencia de la comunidad.

Shajar miraba a Ashlilit con los ojos brillantes de centellas y lágrimas. Cuando la compañera hubo callado, en ese rincón sin otra luz que la de las estrellas, y con la arena como testigo, Shajar sintió como un abrazo a un tiempo de bienvenida y despedida el abrazo recibido. Abrazo largo y sentido. No podía hablar. Un fuego, un miedo, una energía interna era todo lo que sentía en ese momento. Y se dejó llevar por esa sensación.

Sólo se dio cuenta que estaba sola cuando el viento de la madrugada comenzó a golpearla en pleno rostro. Conocía la costumbre. Como las tareas encomendadas a las niñas eran en general tareas de difícil cumplimiento, la noche anterior a iniciar su misión bebían el zumo amargo del parag, de enigmáticas propiedades, y la ceremonia terminaba cuando, en el abrazo final, todo el cuerpo de la muchacha desnuda era recubierto por un polvo que inmovilizaba sus miembros y su memoria hasta el nacimiento del día. Además, permitía pasar la fría noche del desierto a solas con las estrellas, sin morir de congelación. Las ceremonias no fueron hechas para llantos y cobardías, para alegrías y fiestas, sino para abrir una puerta nueva a la historia personal de cada miembro de la comunidad, para preparar la entrada de un nuevo miembro adulto a la comunidad. Las ceremonias no son caprichosas.

Al mirar a su alrededor, percibió su soledad. Pero no le era pesada. Los hombres del desierto acostumbran a vivir con lo mínimo, y muchas veces, a estar solos. Ser amigos de la soledad interna, es uno de los requisitos básicos para ser libres. Vio que sobre una piedra no muy alejada de donde ella había dormido, o por mejor decir, pasado ese extraño periodo de transposición o de letargo, estaba su equipo de viaje: una mochila de tela liviana de buena capacidad; una cantimplora llena de agua; dos hogazas de pan de norgun, que podían alimentarla durante al menos una semana; su cuchillo de faenar; la pequeña espada de lucha, con sus dos puntas abiertas en un semicírculo; un pequeño carcaj cargado de flechas y un arco; un escudo circular de cuero de búfalo con el nombre del clan repujado en su centro; un manto de pelo de camello, para abrigarse en las noches al raso; su jillab, la corta túnica de las muchachas del desierto, y las sandalias. También le habían dejado unas cuantas sedas de distintos colores, dos aros con cascabeles en cada uno de ellos y un extraño collar de cuero, parecido a los que la comunidad ponía a las bestias de carga.

Mientras cubría su piel de tonos canela con el jillab, Shajar observaba detenidamente estos últimos indumentos, tan ajenos a las costumbres de las tribus del desierto. La niña no entendía para qué le iban a servir estas cosas. Cargar con elementos superfluos para la vida en el desierto, hacia un punto tan alejado, sólo podía tener una explicación: es posible que en algún momento le fueran necesarios para algo. Aunque se le escapaba el propósito de cargarlos, pensó que seguramente durante el camino iba a encontrar una forma de dilucidar el acertijo. Los hombres del desierto no despilfarran, y si llevaba con ella esos objetos suntuosos y sin ninguna utilidad aparente, para algo tendrían que servirle. Por eso los guardó dentro de la mochila sin más preguntas, y la liviandad de los mismos la llevaron a olvidar que los tenía con ella.

El sol estaba apenas asomando por sobre el mar de arena ocre. Shajar arregló su túnica liviana del color de la arena, que ató a su cintura con un cordón de hilo fuerte, tejido con la fibra del ibuj, un arbusto que crece en los oasis, tenaz y resistente como un cable de acero, pero maleable como la fina arcilla roja de esos mismos oasis; recogió su cabello y lo envolvió en un pañuelo claro, dejando solo su cara redonda a la vista, sujetó el pañuelo con una cinta alrededor de su frente, cinta que tenía una corteza de cajol a modo de visera, para proteger sus ojos del sol. Sujetó con firmeza las tiras de sus sandalias a sus pantorrillas. Cargó la mochila, que colgó a su espalda, aseguró el cuchillo y la espada al cordón. Cruzó el carcaj y el arco en su pecho, tomó el escudo y comenzó a caminar, dando la espalda al lugar por donde el sol asomaba, ya con toda su furia. En un bolsillo de la mochila tenía las indicaciones necesarias para llegar a Mgara, la ciudad marcada en el mapa como el punto final de su travesía.

Entre los hijos del desierto, los ojos de los miembros de una comunidad son los que caracterizan étnicamente a la misma. Los ojos de Shajar eran como dos estrellas brillantes, cargados de amor a la vida y ferocidad ante los obstáculos que la misma les ponía. Eran sus ojos los que ganaban la lucha diaria. Eran de un mirar lleno, directo y abierto. Jamás un miembro del clan del León bajaba su mirada ante nada, porque bajar su mirada era apagar la estrella que marcaba el norte de su vida. Y el norte de su vida hoy estaba en llegar a Mgara, sucediese lo que sucediese por el camino.

Shajar sabía desde chica caminar por el desierto. Un movimiento mínimo, como el de la arena, salvo cuando la transporta el viento. Con paso rítmico pero lento, el cuerpo algo inclinado hacia adelante, tratando de imitar a las dunas, las rodillas algo flexionadas, casi deslizándose sobre la arena, respirando profunda y rítmicamente. Shajar había aprendido en sus caminatas anteriores por el desierto que el canto es buena compañía y se puso a cantar una vieja canción, que hablaba del amor entre la arena y el agua, amor imposible, pero amor al fin y al cabo.

El sol ya estaba en lo alto del cielo y la niña del desierto había avanzado en un mar de arena, silencioso y vacío. Solo ella y su canción tenían vida allí.

Los hombres del desierto son de pocas palabras. Las justas y necesarias para hacerse entender. Hablar de más provoca sed, y la sed es enemiga de la vida en el desierto. Shajar se escuchó decir, asustándose incluso al oír su propia voz en esas soledades, “¡Ánimo Shaji, que ya estamos avanzando!” Y su voz sonó en las entrañas del desierto como un abrazo cálido y humano. Shajar, con la vista en alto, siguió caminando hasta que la oscuridad se cerró sobre ella. Entonces eligió una piedra algo más alta que un arbusto, recostó su espalda contra ella, tomó un sorbo de agua, dio un mordisco a su pan, volvió a cantar para sus adentros la canción de amor y, envuelta en su ropa de abrigo, se dejo abrazar por el frescor y el manto de sueño que el cansancio puso sobre ella.

CAPÍTULO II

Mgara está a orillas del oasis más grande del Gran Desierto, que ocupa el extremo oriental de las tierras de Gor, ya muy cerca de la zona que establece la transición entre el desierto propiamente dicho y la estepa que cruzan los Pueblos del Carro, las Llanuras que se extienden al sur de Turia. El extremo norte del Gran Desierto llega casi hasta el pie de la Cordillera Voltai y lo constituye el Tahari, que es la zona menos desconocida por el resto de los goreanos de la gran superficie de arena y roca que se prolonga hacia el sur y el este. Pero Shajar no procedía del Tahari, sino de las inhóspitas e ignoradas regiones del centro del desierto, donde hay muchas costumbres ajenas al resto de la Contratierra, y que en las ciudades de altos cilindros -en Ar, en Thentis, en Tharna- se consideran enormemente bárbaras, no por lo cruel (el hombre del desierto puede ser taimado, pero no puede permitirse el lujo de la crueldad), sino por lo que, a sus ojos, tienen de inculto y atrasado.

Desde la zona de los clanes nómadas hasta Mgara hay muchas parasangas de desierto, demasiadas para que pueda cruzarlas sola una muchacha, que aún no ha dejado oficialmente de ser una niña, aunque pertenezca a las tribus del desierto, cosa de la que Shajar era perfectamente consciente.

Cuando el sol comenzó a rayar en el horizonte, antes de que llegase a entibiar la roca sobre la que había pasado la fría noche desértica, Shajar se puso en marcha en dirección opuesta a la naciente luz, hacia el oeste. En la dudosa claridad del alba, entrecerró los ojos bajo su visera de cajol, para afinar el enfoque en la distancia, aunque tenía la vista aguda como zorro del desierto. Buscaba, apenas perceptible en el horizonte, un punto en la lejanía. Un lejano mogote de piedra, una especie de cilindro de roca viva sobre el que los habitantes de los contornos referían añejas leyendas. Una de ellas, por ejemplo, refería que era el tronco seco y petrificado del primer árbol plantado sobre la superficie de Gor por los Reyes Sacerdotes, un árbol tan grande que daba sombra a toda la zona, otrora húmeda y rozagante, permitiendo que la vida se desarrollase plácidamente bajo su follaje. La leyenda sigue contando que los Reyes Sacerdotes no calcularon que las raíces de un árbol tan grande acabarían con toda el agua de la tierra, que ni siquiera sería suficiente. Cuando el árbol se secó, se quebró por la base durante la primera tormenta de arena del desierto que su sed insaciable había acabado por crear.

Shajar, como casi todos los habitantes de la planicie arenosa, conocía esa y otras historias, pero su búsqueda no tenía nada que ver con esas viejas leyendas ni con las supersticiones que a menudo se asociaban a ellas, sino que respondía a un propósito mucho más práctico: orientarse. Localizado ese punto de referencia, podría usarlo como hito para no desviarse del camino que la llevaría hasta el oasis de Ayn Salmah, donde podría unirse, como viajera de pago, a una de las grandes caravanas que atravesaban el desierto rumbo a Mgara. Aún no sabía cómo costearse el pasaje que, por otro lado, no daba derecho más que a formar parte del grupo de marcha, sin contar con montura ni alimento, pero permitía gozar de la protección que daban la escolta de la caravana y el mero hecho de no viajar en solitario por un entorno tan árido y poco amistoso.

Mientras se deslizaba suavemente por la arena manteniendo el Tronco del Gran Árbol levemente a su izquierda, recordó que llevaba sedas y ajorcas de plata en su mochila. Se preguntó si con eso podría hacer frente al importe de una plaza en la caravana. Mientras el sol seguía ascendiendo, brillante y duro, pensaba que quizá, en lugar de pagar como viajera, podría enrolarse como caravanera. A fin de cuentas, ella era perfectamente capaz de hacer cualquier tarea relacionada con los tarskos del desierto, la bestia de carga de las caravanas, o con cualquier otra tarea relacionada con las monturas o los campamentos. Ésa era su vida desde que, una clara noche de invierno, hacía quince años, una muchacha del Clan del León, que las lenguas ociosas identificaban con Shtirtit, la había dado a luz bajo las estrellas.

Pero, se preguntaba, ¿aceptarán a una joven del desierto como miembro del convoy? Las caravanas llevaban mujeres a su servicio. Las había visto cuando su grupo se apostaba junto a las rutas de aquéllas para vender los productos de su ganado y de su artesanía, y comprar telas, objetos de metal y otras cosas imposibles de conseguir en el desierto. Sin embargo, no estaba segura de las labores que ejercían, aunque recordaba haberlas visto entre las grandes jaimas de los campamentos con jarras de bebida, posiblemente el jugo fermentado del arak.[1]

Cuando no pensaba en esta primera dificultad de su misión, Shajar canturreaba en silencio, para sus adentros, canciones sobre nómadas enfrentados al eslín de desierto, sentidos poemas en que el cantor rememoraba, sobre el fuego apagado del campamento, a su amada ausente o cantos de vanagloria con los que un campeón de su Clan provocaba a los campeones de otros Clanes durante los juegos bienales celebrados en la feria de Bet Hasiyon, donde las tribus del desierto establecían tratos comerciales, cerraban alianzas y concertaban matrimonios. Claro que para estos últimos preferían hacer rápidas incursiones contra clanes no confederados, herencia de la época en que las mujeres habían de ser robadas a base de fuerza y velocidad, aunque ahora tenían mucho más de rito que de ataque verdaderamente hostil. El desierto ya se cobraba él solo demasiadas vidas. 

Mientras pensaba en estas cuestiones, la niña se puso nuevamente en marcha. No era cuestión de dejarse ganar por la paz aparente que la rodeaba. Tenía que lograr su objetivo, y cuanto más rápido encontrase una caravana en la dirección adecuada, antes llegaría a su destino y antes cumpliría su misión. Shajar caminó alrededor de tres ahns más y, al llegar a una duna que parecía más alta que las demás, decidió pararse para otear el horizonte. Su ansiedad por encontrar el medio que a ella le parecía más eficaz para salir del desierto, la llevó a tener que intentar la ascensión de la duna tres o cuatro veces, ya que por descuido, no observaba dónde apoyaba sus pies, y resbalaba hacia el pie de la misma. Cuando logró por fin llegar a la cima una gran desazón se apoderó de ella. A poca distancia de donde estaba, se veían los restos de una caravana, que seguramente había sido atacada por los eslines, a juzgar por los destrozos que se podían ver. Cuerpos desparramados aquí y allá, mutilados, desecados como pergaminos por el viento ardiente y seco del desierto.

Shajar percibió el peligro en que se encontraba. En principio, el olor a muerte iba a seguir atrayendo a eslines que anduviesen por la zona, y ella era un blanco fácil, por estar constantemente en movimiento. ¿Podría una muchacha de quince años defenderse de un ataque artero de estas bestias? Pero detrás de este problema se escondía otro peor. Las caravanas llegaban al corazón del desierto una vez por semana, siempre siguiendo las mismas rutas. Los mercaderes formaban una casta conservadora. No se iban a aventurar a lo desconocido, con la posibilidad de perder todos sus bienes por el simple hecho de innovar. Pero cuando una caravana no llegaba a su destino, ya sea porque fuese atacada por alimañas o porque fuera interceptada por clanes nómadas o piratas del desierto, o por cualquier otro motivo, indefectiblemente dejaban pasar un tiempo prudencial, en general de tres a cuatro días, para volver a ponerse en camino.

Shajar, debajo del sol del mediodía, se mordió el labio. El único medio que conocía para acercarse a su norte, podía llegar demasiado tarde. El alimento que tenía, incluso bien racionado, sólo le duraría una semana. Lo mismo pasaba con el agua de la cantimplora. ¿Y si la caravana esperada no llegase? De nada le servirían las sedas y las ajorcas, de nada le serviría apurar el paso. Nada tendría sentido. Y el deshonor caería sobre su Clan por no haber podido cumplir con la misión encomendada.

Hasta hace sólo un par de días, Shajar había jugado con sus amigos de la comunidad a peleas de ataque y defensa, a cazar pequeños animales en los oasis, a sentarse alrededor de un fogón y contar y escuchar historias de los mayores y de otros niños. Era todavía una niña, y el desánimo, a pesar de la vida austera que llevaba, comparada con la vida de una niña de ciudad, no existía para ella. Por primera vez en su vida, tenía que enfrentarse, y esta vez sola, a esa sensación que parece que nos hunde en un pozo profundo en la arena. Miró en derredor, y, como todavía era una niña, comenzó a lloriquear. Fue bajando lentamente de la duna, hasta que llegó a su pie, y una enorme sensación de soledad, de desesperanza, hasta de humillación, se apoderó de ella. Y, como pocas veces había hecho en su corta vida, bajó la cabeza, y lloró. Lloró pensando en sus seres queridos, en que era una deshonra para su gente, en la Ubaresa. También lloró pensando en su soledad. Shajar se sentía el ser más solitario y abandonado del mundo. Y llorando, se quedó dormida, cuando todavía el sol estaba alto en el cielo, protegida por la sombra de la alta duna.

Se despertó sobresaltada. Ya era noche cerrada, oscura. El viento seguía trayendo ese olor acre de la cercana masacre, que la molestaba. Aturdida aún por la somnolencia, rató de darse cuenta de dónde estaba. Y todos sus sentidos se pusieron alerta. Una presencia, densa, pesada, viscosa, se trasladaba alrededor suyo, olisqueando, empujando, olfateando. Sus nervios estaban tensos como las cuerdas de un arco o de un rabel. Un eslín del desierto, afilado, enjunto, mortífero, estaba cerca de ella. Debía dominar sus nervios si es que quería salir viva del lugar. Los eslines reaccionan y atacan ante el movimiento. Muy lentamente fue acercando su mano a la empuñadura de su espada. Muchas veces, cuando jugaba, se había imaginado en esta misma situación. Sabía que tenía que ser precisa en sus movimientos, rápida y contundente, y que tenía luego que usar todas sus energías para alejarse prontamente del animal herido, porque su agresividad aumentaba con el dolor. Aferró con fuerza la empuñadura de su espada de doble punta y, cuando sintió el roce de la bestia cerca de su codo izquierdo, giró violentamente e introdujo toda su arma en la garganta del animal, empujando hacia arriba, para ampliar la herida. Después, sacada el arma del cuerpo sorprendido del eslín, y aprovechando la oscuridad de la noche, corrió. Corrió y corrió hasta que la claridad de un sol evanescente comenzó a dar forma y contornos al paisaje ondulante de la arena.

Volvió a buscar el Tronco del Gran Árbol, girando sobre sí misma, y lo pudo ver, a un costado, ligeramente hacia la izquierda. Increíblemente no se había desviado del rumbo. Seguramente su antepasado la estaba cuidando. Le debía agradecer de alguna manera su presencia.

Shajar se postró sobre la arena, que todavía se mantenía fresca, y ofrendó su vida y cada uno de sus actos al espíritu de su antepasado, el tótem de su Clan.

—¡Oh, Gran León! Soy tu humilde servidora, la más simple de las simples muchachas del desierto. Y estoy aquí para cumplir con todos tu deseos, ¡oh, Gran León!, y para satisfacer todas tus necesidades. Entregada a tus designios, esta humilde servidora te ofrenda su vida, la vida que Tú decidiste darle. Alabado seas, ¡Oh Gran León!

Hecha esta ofrenda simbólica, Shajar se sintió reconfortada. Otro día había comenzado y todavía estaba viva. La caravana masacrada había quedado atrás, había derrotado a un eslín y un nuevo día estaba comenzando.

Comenzó a sentir que el hambre y la sed punzaban dentro de su cuerpo. Sentada en el mismo lugar donde había agradecido el milagro de seguir viva, sacó de la mochila la cantimplora y la hogaza de pan empezada. Y calmó su hambre y su sed. Hecho esto, se paró en el lugar donde se encontraba, que parecía ser un sitio de altura, y volvió a otear el horizonte. Y cual no fue su sorpresa cuando vio, allá, en el filo de la línea de la vista, una polvareda. Por su tamaño, tanto en alto como en largo, percibió que era una caravana. Calculó que podía llegar a encontrarse a un día y algo más de marcha rápida.

Recuperada su sangre fría, decidió acelerar el paso. De vuelta su mirada tenía marcado un norte: Mgara, y un medio: la caravana. Era lo menos que podía hacer en agradecimiento al Gran León. Llevar a cabo la misión asignada, y mantener el honor de su Clan, el Clan del Gran León. Con la mirada en alto, comenzó así el tercer día de marcha. 

CAPÍTULO III 

La reata de coriáceos tarskos del desierto, llevando a cuestas toda suerte de fardos, avanzaba con paso rítmico y pesado, acompañada de los kafilim, los caravaneros a pie. En el centro del convoy, los viajeros acaudalados marchaban en palanquines encortinados, bien protegidos del inclemente sol, a lomos de tarskos o bien, dependiendo de su casta y de sus propios gustos, cabalgaban ágiles dromedarios, llamados gamel entre los hijos del desierto. De vez en cuando, un caballo de fina estampa aparecía montado por un guerrero. Entre las monturas y las bestias de carga, los viajeros a pie andaban en grupos, silenciosos unos, en conversación animada otros, protegidos por sus velos o sus sombrillas. Entre ellos, unas muchachas con el cabello suelto y finísimas túnicas de seda, iban con odres y jarras, con cestillos y bandejas de mimbre, ofreciendo bebida y comida a los viajeros. Sus movimientos eran gráciles y sus risas ponían una nota argentina en el silencioso avance por la arena. Por los flancos, los harisim de escolta, iban y venían, enhiestos sobre las corcovas de sus ligeros gameles, para controlar que todo estaba en orden, que no se producían claros en la línea de marcha y que ni animales ni personas se quedaban rezagados. 

Shajar, tumbada sobre una duna, mimetizada con ella, veía avanzar la caravana. Tal y como había calculado, la había alcanzado al día siguiente, cuando el sol estaba en su cenit. La noche precedente, cuando las luces de las lejanas hogueras le indicaron que el campamento se había asentado y que no corría el riesgo de perder la pista, se echó a dormir, bien arrebujada en su manto, pero había tenido el sueño intranquilo y ya antes del alba se había puesto de nuevo en camino. Ahora, tendida sobre el vientre, con el cuerpo abrasado por la ardiente arena, contemplaba la marcha pausada, casi solemne, de hombres y bestias. Sus ojos violetas brillaban bajo la sombra que la visera de cajol arrojaba sobre su rostro, con el ceño fruncido, meditabunda. 

“Si corro hasta ellos ahora”, pensaba, “tendré que abonar mi pasaje. Si no lo hago, o me expulsarán los harisim o, más bien, me tomarán como esclava. Podría ofrecerme voluntariamente para acompañar a las muchachas que veo correr de grupo en grupo vendiendo sus productos. Pero eso significa que me tendrán controlada como parte de sus propiedades y eso puede impedirme liberarme en el momento oportuno. Además, seguro que me confiscan mis armas...” 

Con las ideas aún confusas, Shajar descendió por la espalda de la duna, que la ocultaba de la caravana. De este modo, fue avanzando entre los promontorios de arena, a un ahn de camino del convoy, cuya ruta iba siguiendo en paralelo. Cada ahn de marcha, se encaramaba a otra duna y, tumbada otra vez, verificaba la trayectoria de los viajeros y, si era del caso, corregía su propio rumbo. Sin embargo, no tenía sentido seguir así mucho tiempo. Cada nuevo ascenso le suponía un esfuerzo y un tiempo preciosos. Y para no gozar de la protección del grupo, era irrelevante seguirlo, aun de cerca. Había que tomar una decisión. Cuando realizó el siguiente alto, el sol ya declinaba. Las sombras de las monturas se alargaban, recortándose con nitidez sobre la arena. Oteando de nuevo el horizonte, más allá de la cabeza de la columna, vio que al noroeste, a un par de ahns de marcha (que serían tres o cuatro al lento ritmo de la caravana) se advertía una mancha verdosa de la que se destacaba la silueta de alguna palmera especialmente alta. El sesgo de la columna indicaba que se dirigían allí a pernoctar. Y fue así como a Shajar se le iluminaron los ojos con el brillo de una idea. 

El oasis de Ayn Salmah no era muy grande, pero sí lo suficiente para albergar un caravanseray de medianas dimensiones, donde los habitantes de la aldea de casas de barro que se apiñaban en sus orillas proveían a los viajeros de alimentos frescos, de paga importado del norte o de complaciente compañía femenina a precios más o menos razonables, según la época del año y el número de caravanas acampadas al mismo tiempo en el lugar. Cuando Shajar llegó, el sol estaba ya próximo a ponerse, tiñendo de rojo la franja del oeste, sobre las montañas que separan el desierto de las Llanuras de los Pueblos del Carro. Por el oriente, el cielo se oscurecía en tonos malvas y violetas como los ojos de la joven hija del desierto.

Al igual que casi todos los oasis, el de Ayn Salmah estaba cercado de una muralla de tapial que lo protegía de los piratas del mar de arena y de las alimañas, pero que también impedía que los viajeros partiesen sin pagar los derechos de portazgo y estadía, y sin saldar las deudas con los comerciantes locales. De hecho, a los nómadas de los clanes del interior les parecían más los muros de una prisión que un dique de contención. La puerta a la que se dirigía la caravana, controlada por un grupo de guardas armados de pesadas lanzas y grandes adargas de cuero de búfalo, se habría hacia el sur. Otra semejante se hallaba al norte, de modo que los convoyes cruzaban la población a lo largo en una u otra dirección. Por los otros flancos no había entradas, aunque sí avanzaban sobre el desierto algunas torres cuadradas, apenas más altas que el resto del muro, a las cuales se asomaban los centinelas de las rondas para comprobar que no había enemigos a la vista.

Aunque Shajar hubiese querido franquear la puerta, no habría podido satisfacer el portazgo, así que habría tenido que pernoctar a la sombra de los muros color tierra. Pero no quería. Justamente, su plan exigía pasar lo más desapercibida posible. Así que se dispuso a aguardar. Cuando hubo llegado la caravana, poco después de que el sol, como suele pasar en el desierto, fuese engullido casi de golpe por el horizonte, las puertas se cerraron y pasó la ronda. Seguramente no llegaría otra hasta la medianoche, y ahora todo el pueblo estaría ocupado con la llegada de los viajeros. Era el momento apropiado. Shajar se deslizó rápida pero silenciosamente, como el letal áspid del desierto, en dirección a la muralla. Tras observarla con detalle, advirtió un lugar en que el tapial se estaba resquebrajando, de modo que ofrecía presas fáciles para trepar sin demasiado riesgo. Ágil, flexible, decidida, a pesar del significado que tenía para ella entrar en la zona amurallada, la muchacha del Clan del León ascendió con presteza, hasta llegar al adarve. Allí hizo un alto, acurrucada entre las almenas triangulares, y contuvo la respiración. Nada se movía en las cercanías. El silencio cercano contrastaba con el rumor sordo que procedía del caravanseray y que delataba que toda la gente de Ayn Salmah estaba allí reunida. Frente a Shajar se alzaba una enhiesta palmera. Tras un rápido cálculo, saltó desde el adarve a su tronco y, deslizándose por él, tocó suelo y se escabulló, sinuosa, pequeña y fugaz, entre las sombras.

Y entre las sombras se fue deslizando, veloz y liviana como la arena, por los callejones que dejaban las entre sí las casa de adobe del lugar. Amparándose en la oscuridad, por la que se movía con felina precisión, avanzó hacia el caravanseray, que se alzaba a medio camino entre las dos puertas de la muralla, en la orilla occidental del oasis, para facilitar la aguada de las caravanas. Como los portones de acceso Ayn Salmah ya estaban cerrados, la gran puerta de arco lanceolado del caravanseray estaba abierta y sin vigilancia. Todo el mundo se hallaba dentro, por curiosidad o por negocio, cuando no por ambas cosas. Shajar, escudriñando desde un grupo de palmeras cercano a la entrada, vio que era posible acercarse sin complicaciones, lo que le evitaba tener que ascender por la alta pared del edificio de dos plantas, lo que no solo era más arriesgado que trepar por la vieja muralla, sino que podía llamar más la atención, que era precisamente lo que quería evitar a toda costa.

Franqueó la puerta pegada a las jambas, cubierta con su oscuro manto de piel de camello y contraída sobre sí misma, para hacerse lo menos visible que pudiera. Una vez dentro, se hallo en un amplio patio cuadrangular, flanqueado por cuatro alas compuestas de dos pisos con galerías de arcos. Salvo algunos caravaneros, que cuidaban de los fardos apilados en bloques por todo el patio, el resto de la gente se hallaba en las salas a las que daban las galerías. Las de abajo eran fundamentalmente establos y almacenes cerrados donde se custodiaban las mercancías más preciadas. Las de arriba servían a la vez de comedores y dormitorios, pero también de lonjas donde se vendía, compraba o contrataba. El vino de paga y el licor de arak corrían en abundancia, el olor a asado de carne o de pescado a la brasa impregnaba el ambiente y se oían mezcladas risas y blasfemias, pregones de mercancías recién traídas y el son de viejas canciones del desierto.

Sajar se escabulló entre los grupos de fardos cubiertos de lona. Pasando entre ellos, olía las especias del lejano Mar del Este, el cobre recalentado por el sol del desierto de la artesanía de los pueblos del sur del desierto, el olor de las pieles de tabuk y de zorro de la arena compradas a los clanes nómadas del interior, como el suyo propio. Moviéndose entre los bultos, observaba con atención lo que pasaba en las salas iluminadas por grandes lámparas de aceite. Al pasar junto a uno de ellos, escuchó algo que le llamó la atención. Un soplido salía de un prisma rectangular, no mayor de dos varas de alto y media de ancho, a su izquierda, casi en el centro del caravanseray. Al acercarse, vio que era una jaula con los barrotes muy cercanos entre sí, y que estaba cerrada con candado y cadenas. Le llamó la atención porque esa era la manera en que las caravanas trasladaban a las mujeres raptadas por los clanes del desierto y vendidas a los mercaderes de esclavos, cuando no las casaban con alguno de los hombres de la tribu, o bien a las piezas de caza que capturadas vivas, para llevarlas a las grandes ciudades y vendérselas a quines podían permitirse el lujo de exhibir animales exóticos en los jardines de sus mansiones. Pensando quizá que allí hubiese algún animal salvaje, movida por la curiosidad, infalible en los hombres del desierto y más aún en sus mujeres, se acercó y trató de mirar dentro. Y lo que logró fue que el corazón le diese un salto dentro del cuerpo. En el interior de la jaula se podía ver el cuerpo de un hombre, sentado, apoyado, aparentemente dormido, contra una de las paredes. Engrillado y con un gran collar de metal en su garganta, las manos esposadas a la espalda y los tobillos enlazados con una cadena metálica de grandes eslabones. Shajar intentó alejarse inmediatamente de allí, pensando que no estaba ahora para preocuparse por otros y que no podía dejar de estar vigilante de cuanto acontecía a su alrededor. Pero los instintos del hombre lo hicieron despertar y con voz cansina y rasposa, solicitó:

— Agua. Me muero de sed. Agua.

La sangre de la niña comenzó a galoparle dentro. Evidentemente era un cautivo. Evidentemente era así como los hombres de la caravana trataban a los cautivos. Tenía que evitar ser descubierta a toda costa. Y estaba por alejarse, temerosa que algún oído atento hubiese escuchado las palabras pronunciadas por el hombre, pegada a las sombras de la noche, sombra escabulléndose hacia la oscuridad, cuando volvió a escuchar la súplica:

— Agua. Agua, por favor

Los hombres del desierto saben de la sed intensa. Y también saben del honor humano resquebrajado cuando la sed acicatea el cuerpo y la mente. Nadie niega agua a un sediento en pleno desierto, ni aún a su peor enemigo. No hay honor en vencer a un enemigo que previamente vio su vida vencida por la sed. Y Shajar recordó las palabras de Ashlilit: “Todos somos necesarios. Todos nos necesitamos. Todos dependemos de todos. No es menos importante el ser más minúsculo que el más grande”. No sabía por qué ese hombre era conducido en ese estado ni eran de su incumbencia los motivos que lo habían llevado a semejante situación. Pero entendió que la estaba necesitando.

Poniéndose en riesgo de ser descubierta, ya que no podía calcular las reacciones que un hombre sediento puede tener, se acercó al habitáculo y buscó su cantimplora en la mochila, la destapó y, dándosela por la base, susurró:

— Acercate, hombre, y bebé

Escucho como el cautivo se acercaba arrastrándose hacia donde ella estaba agachada, acompañado por el ruido de las cadenas que había visto antes. Entregándole la cantimplora, dejó que el hombre bebiese. Todo esto no duró más que un par de ehns que a Shajar le parecieron ahns. Cuando el hombre hubo bebido lo suficiente, retiró la cantimplora y ya se estaba yendo, cuando escuchó que el hombre decía, en un susurro:

— Gracias muchacha. ¿Cómo te llamás?

— Soy Shajar, del Clan del León. ¿Quién lo pregunta?

— Soy Kuren, guerrero de Arsheji. Estoy en deuda contigo...

La niña no se quedó a conversar. En ese momento escuchó cómo pasos y voces sordos se acercaban a donde ella estaba. Corría el riesgo de ser descubierta. Con todo su cuerpo pegado al suelo, reptó hasta encontrar un rincón oscuro, donde más apiñados estaban los bultos. Notó que unas cajas estaban distribuidas por el suelo allí mismo. Menuda como era, se escabulló entre ellas, y quedó allí, tratando de contener la respiración, hasta que, para su tranquilidad, los pasos y las voces se fueron alejando y volvió a reinar el silencio a su alrededor. Seguramente el viento había llevado restos de la mínima conversación que había tenido con el cautivo y se acercaron para ver que es lo que sucedía. En su escondite, volvieron a resonar en su mente las palabras de Ashlilit: “Todos nos necesitamos”. Y pensó que había hecho bien en ayudar al cautivo sufriente, aun si no tomaba en cuenta sus palabras. También pensó en lo desalmados que parecían ser los guardianes de la caravana y decidió extremar su vigilancia y su cuidado. Si esto es lo que le hacían a un hombre, ¿qué no le harían a una muchacha, hija del desierto, sola, desconocida, en mitad de un caravanseray en el que nadie la había invitado a entrar? Y decidió seguir reconociendo el lugar.

Se dirigió al fondo del patio hacia su izquierda, donde quedaban los establos y almacenes que la caravana, de mediano tamaño, no había llegado a ocupar y parecía ser, por tanto, la zona más solitaria. Avanzando con extrema cautela, Shajar se detenía cada pocos pasos para prestar oído atento a cualquier ruido sospechoso. A su derecha por la espalda, en el centro del caravanseray se escuchaba música, voces de hombres -los harisim de la primera guardia- y de vez en cuando también una exclamación admirada, seguida de hurras y de vítores. Y en algún momento el viento le trajo el canto de una mujer acompañada de su bajel, cuando las voces masculinas se apaciguaban. Desde el otro extremo del campamento, se escuchaba el relincho de algún caballo o de algún dromedario, o bien los resoplidos de la reata de tarskos del desierto, que debían de estar descansando, abatidos por la carga que habían tenido que transportar durante el día con tantas horas de marcha; también le pareció percibir en la lejanía el sordo y prolongado gruñido de un eslín, seguramente atraído hasta las cercanías del oasis por las luces y las voces que despertaban al desierto dormido en plena noche.

[1] Baya de un rojo subido que crece en el área inferior de los oasis y que produce un aguardiente poderoso, pero muy aromático. (Nota del Editor)



Autor: Viscount Montty y su donada morgana{VM}