SIN LIMITES

De niño soñaba con ser maestro, pero de mayor me convertí en profesor. Me gustaba ayudar a mis compañeros con sus tareas y explicarles lo que no comprendían. Mis materias favoritas fueron, son y serán la Historia y la Filosofía, y me he recibido como profesor con Doctorado en ambas asignaturas. Soy un hombre joven pero muy metódico y serio. Si a mis 27 años doy clases en colegios privados de jóvenes señoritas, es porque quienes me contratan ven en mí a alguien de fiar a pesar de mi edad.

Enseñar a alumnas jóvenes que están en esa edad tan particular entre los 15 y 18 años, no es fácil. Muchas de ellas piensan en seducirme para sentirse mayores, o para que las salve en los exámenes. Pero no les hago caso y continúo con la enseñanza, poniéndome más difícil con ellas hasta que desisten. Sé que tengo fama de duro e implacable, pero sin duda que lo soy.

He aprendido a ser paciente y metódico; tengo mi vida organizada. O la tenía hasta que este año apareció en mi clase Laurita. Permítanme que les describa a este demonio disfrazado de jovencita rebelde.

Laurita cumple en pocos meses su mayoría de edad y este es su último año para recibirse de bachiller. Dueña de una inteligencia privilegiada y también desperdiciada, esta jovencita estudia lo mínimo imprescindible para salvar sus exámenes, lo que no le toma mucho tiempo. El resto del día lo dedica a planificar y llevar a cabo mil travesuras de mayor o menor envergadura.

Sus padres pensaban que no tendrían hijos y cuando ya habían pasado la barrera de los 40 años y habían perdido toda esperanza, apareció esta niña llenando su vida de felicidad. La sobreprotegieron y mimaron al punto de crear el monstruo que es hoy. No se atreven a disciplinarla y ella se aprovecha de esto.

Se sabe hermosa y tiene a todos los chicos detrás de ella. Es más bien baja, con cuerpo bien formado y sabe realzar sus zonas más llamativas: senos y glúteos. Con su pelo largo, negro y ensortijado y sus ojos color miel, conquista al chico de turno envolviéndolo con una dulce sonrisa. Y los muy tontos van tras ella como perritos falderos. ¡Tontos!

Sabe que conmigo no tendrá suerte, así que no ha tratado de conquistarme, pero por esa misma razón, me persigue y hasta parece odiarme. He tratado de hablar con sus padres, pero siempre pasa lo mismo: su mamá me dice que si tengo algo en contra de su niña, y su padre me dice que la disciplinará, pero… no hace nada. Y yo estoy harto de soportarla.

Ustedes pensarán como todos, que me he ensañado con la niña y que sólo quiero castigarla. Bueno, no me he ensañado con ella, pero sí tengo muchísimos deseos de disciplinarla como se merece, en la forma antigua y que siempre ha dado tan buenos resultados: una dura azotaína. Y si fuese en público ¡mejor! Caramba, debemos pensar que estamos en 1947, y si a esta juventud no se le pone freno, no sé dónde iremos a parar.

Pero no saquen conclusiones aún; permítanme contarles algunas de las cosas que esta mujercita ha hecho en mi clase de Filosofía durante el año.

La filosofía es una materia que debe tomarse con seriedad, pues hablamos del pensamiento y el razonamiento que nos puede ayudar a lo largo de nuestras vidas. En mis clases todos pueden opinar con respeto, y si no hablan, deberán guardar el debido silencio mientras prestan atención, pero ella se pone a molestar a las demás alumnas, mandarles cartitas, conversar y cuando cree que no la veo, hacerme burla. Bajarle la nota, amonestarla o enviarla al cuarto del director.

Enfrente a este colegio hay otro. Ella abre las ventanas y coquetea con los chicos del colegio vecino. También se las ha arreglado para entablar amistad con los alumnos del Sagrado Corazón, que está a una cuadra de esta institución. A la salida se ha armado más de una pelea entre los varones de ambos colegios por culpa de esta inquieta adolescente.

Hace no muchos días, desinfló las gomas del auto del profesor de biología, porque amonestó a la clase cuando ella incitó a sus compañeros y logró que todos soltaran las ranas que habían llevado para diseccionar, arrojándolas por la ventana. Los animales inundaron el vecindario con las lógicas quejas de los vecinos.

Detesto la goma de mascar, pero eso es algo que a ella no le interesa, y hasta se ha atrevido a hacer globos, a morderlo mientras lo estira y lo vuelve a meter en su boca con una sonrisa burlona. Como ya expuse, no le importa que la eche de la clase o la mande a la dirección, hace cualquier travesura porque se sabe impune a cualquier castigo.

Otro día quitó todas las tuercas de la silla del profesor. Cuando me senté, me salvó mi juventud y agilidad para que no cayera en forma estrepitosa. Claro que también la sonrisa anticipada de los chicos y el murmullo cómplice, ayudaron a delatarlos. Porque debo decir que sabemos que es Laurita, pero ninguna compañerita la delata.

Siempre voy con ropa de calidad a clases. Aquel fatídico día estrenaba pantalón y chaqueta; había hecho mucho esfuerzo para comprarlos. La linda Laurita colocó estratégicamente su odioso chicle en la silla. Cuando me levanté me di cuenta: el chicle caliente con el calor del cuerpo colgaba por todas partes, arruinando la silla, la ropa, el piso… un desastre. Fue la gota que derramó el vaso.

No sé por qué se la ha tomado conmigo. Estos son sólo ejemplos de algunas pocas cosas de todo lo que ha hecho. Con otros profesores tiene promedios de 9 y10, a veces, porque sube o baja sus promedios "a piacere", dependiendo si estudia o no. Pero conmigo tiene 0.45, y no lo subirá.

En estos dos trimestres ha amontonado la suma de diecisiete amonestaciones, de las cuales doce fueron en mi clase. Tres más y será expulsada.

Por eso he llamado a sus padres una vez más, y les conté a ellos lo mismo que les dije a ustedes. Hablé sobre todo con su padre, a solas, y le hice ver el tremendo daño que le estaba haciendo a su hija para un futuro. Y llegamos a un acuerdo en beneficio de Laurita, que no es una mala niña pero está a punto de volverse irrecuperable.

Hoy sábado, después de la última hora, la citamos a la sala de profesores con el acuerdo de todos, padres y claustro de profesores.

A la hora fijada miré hacia el pasillo y allí estaba ella, apoyada en la pared mascando su interminable chicle. Según lo convenido sus padres hablaron con ella para decirle que esta vez no impedirían el castigo y que ella debía aceptarlo porque se lo merecía, y que tenía que enfrentarlo sola porque así lo había pedido el claustro de profesores, pero ellos estarían allí esperándola a la salida. "Debes ser fuerte pequeña, y afrontar por primera vez las consecuencias de tus actos."

Aunque no entendía qué decía, se oían sus gritos de rebeldía, pero su padre se puso firme y la acompañó hasta la puerta, besándola en la frente mientras que ella se negaba a recibir esa muestra de cariño.

-"Profesor Adrián", dijo el hombre, "aquí le entrego mi tesoro más grande. Espero que pueda hacer usted lo que yo jamás me animé. Sé que es necesario y la niña se lo merece", culminó entregándome a su hija del brazo, pero increíblemente, ella ya no hacía fuerza por huir…

Todo el claustro de profesores estaba presente, formando un semicírculo. En el medio del salón había una silla donde le indiqué que se sentara.

En tono solemne, casi militar, leí una a una las travesuras cometidas por la joven rebelde. Luego vino la sentencia:

-"… y por los hechos mencionados anteriormente, se le sentencia a recibir el siguiente castigo: 17 minutos de nalgadas, 17 reglazos inflingidos con la regla de madera, 17 varazos con el puntero de madera, y para culminar 17 azotes con el cinturón del profesor Adrián. El número de 17 se ha repetido a propósito, uno por cada una de las amonestaciones que ha adquirido durante el presente período lectivo. ¿Está la alumna de acuerdo con lo antes mencionado? ¿Acepta ser responsable de los actos que se le imputan?"

Ese largo silencio me hizo imaginar que estuvo a punto de negarlo, pero… no podía. Su padre tenía razón y además… No puedo dejar de pensar que Laurita finalmente iba a lograr lo que hacía tiempo estaba buscando: mi atención. Y si eso significaba tener que recibir mis azotes, lo haría. Laurita jamás había tenido límites, ni de sus padres, ni de sus profesores ni de nadie; era yo el primero en ponérselos, y eso la excitaba, podía darme cuenta porque mordía su labio inferior y cruzaba sus piernas de aquella forma particular que yo tanto adoraba. Más de una vez había soñado dominarla, porque era todo un desafío para mí. Pero no lo haría si ella se negaba.

-"Sí, soy responsable de todo eso", respondió sin titubeos.

-"¿Está dispuesta la alumna a aceptar los castigos que el claustro de profesores junto a sus padres, ha decidido imponerle?", le pregunté, deseando que su respuesta fuera afirmativa. "En caso de aceptar, sepa que el castigo será ejecutado por mí, por ser quien más amonestaciones le ha puesto. Ahora, conteste la alumna".

-"Sí, Profesor Adrián. Acepto los castigos Señor, y sé que lo merezco", dijo bajando la cabeza.

Fue cuando la miré: se veía tan bella con esa actitud sumisa y de entrega. Aunque también me gustaba la rebelde contestataria que había tenido que enfrentar más de una vez. No pude resistir el abrazarla lo más dulcemente que pude y darle un beso en su frente. Acto seguido, me senté en la silla, enfrente al resto del claustro. Miré a Laurita y con una mirada traté de calmarla, mientras le hacía señas para que se pusiera sobre mis rodillas. Una vez que la hube acomodado:

-"Profesor Eustaquio, por favor tome el tiempo, y tenga a bien avisarme cada 4 minutos"

-"Comience… ya", dijo mi amigo con su cronómetro en la mano.

La sesión iba a ser larga, así que la primera nalgada no fue demasiado fuerte, aunque como era la primera que recibía Laurita en su vida, se sobresaltó. Por encima de la falda gris, pude adivinar las nalgas juveniles, túrgidas y deseables. Con cada nalgada, su faldita iba subiendo lentamente, dejando ver cada vez mejor sus perfectas pantorrillas, tan blancas y suaves, cubiertas por un vello apenas perceptible.

-"Primeros cuatro minutos Profesor", dijo el profesor de gimnasia.

Era el momento de levantar la falda, y así lo hice. No sabía qué iba a encontrar, cómo sería su ropa interior, y me sorprendió gratamente: unas bragas inmaculadamente blancas que cubrían casi totalmente sus nalgas inundaron mi vista. Unas manchas rosáceas sobresalían a los costados.

Comencé a azotarla otra vez, ahora un poco más fuerte, y su cuerpo también reaccionaba de forma diferente. Levantaba sus piernas, se retorcía y de vez en cuando dejaba de apoyarse en el suelo para tomarse de mi tobillo. Sus quejidos se hicieron cada vez más fuertes.

-"Han pasado 8 minutos profesor Adrián" –comentó Eustaquio sin dejar de mirar su reloj.

Eso me dio oportunidad de pasar a la siguiente etapa. Con el máximo cuidado acerqué mis manos al elástico y comencé a bajar la prenda.

-"No, por favor señor profesor, no lo haga"- me rogó con la voz entrecortada e interponiendo sus manos.

-"Lo siento Laurita, pero debo hacerlo. Es parte del castigo. Quita inmediatamente tus manos de ahí."-Le dije con firmeza.

Obedeció de inmediato. Comencé a bajar la prenda lentamente y las nalgas comenzaron a aparecer. Tenía un hoyuelo encima de cada nalga que me fascinó. Cada redondez surgió impúdica debajo de la tela, teñida ya de un suave carmesí. Las bragas bajaron hasta la parte baja de las nalgas y allí pararon. Las nalgadas comenzaron una y otra vez, haciendo un sonido diferente ahora. Mi mano impactaba contra una piel suave y otrora blanca como un jazmín, que se había tornado de un rosa fuerte y con cada azote se iba coloreando más. De vez en cuando, con el torso de la mano, tomaba la temperatura de la piel.

-"12 minutos"

Fue como una orden para que las bragas bajaran a las rodillas y los azotes se oyeran más. Los gemidos se habían convertido en suave llanto. En mi mente contaba diez azotes y acariciaba esas nalgas que muy a mi pesar, se me hacían muy deseables. El pataleo de Laurita hizo que en poco tiempo las bragas ya estuvieran a la altura de los pies y ya sin este "estorbo" de vez en cuando se pudiera observar rápidamente su intimidad. Fue así que decidí cambiar la frecuencia y la intensidad de los azotes: menos frecuentes y más fuertes.

-"Sólo falta un minuto para los 17"

Comencé a acariciar sus nalgas y sentí la fuerte presión de su mano en mi tobillo. En un momento algo mojó la pierna de mi pantalón. Sin hacer ningún gesto que me delatara pensé: "La muy chanchita está gozando el castigo. ¡Qué bien! Me alegro por ella"

-"17 minutos. Tiempo completado".

-"Póngase de pie Laurita. Y párese en el rincón hasta que se le indique. Deje sus bragas sobre el escritorio."

Frotándose las nalgas, obedeció. La miré y mi diablito interior me sopló el oído: "¡Hazlo!". Me acerqué por detrás y tomé su falda. Quiso darse vuelta, pero me susurré al oído: "No se te ocurra moverte". Quedó inmóvil y se dejó hacer; tomé sus manos y las coloqué sobre su nuca; luego, levanté su falda y tomé el ruedo en su cintura. La miré y me dio gusto ver su cara arrebolada por la vergüenza.

Me acerqué al escritorio y coloqué allí la regla métrica de madera y el puntero. Los profesores hablan en voz baja, y para alargar un poco el tiempo me serví un vaso de agua. Al darme vuelta para ver cómo estaba Laurita, quedé impactado con la belleza de la escena: la jovencita, con las manos en la cabeza, la falda levantada y las nalgas expuestas en todo su esplendor, quietecita mirando a la pared. Me hubiese sentado por largo rato a observarla sin cansarme.

Eustaquio se dio cuenta de mis pensamientos y tosió para llamar mi atención. Le hice un guiño a modo de agradecimiento y me dirigí a buscar la regla.

-"Laurita, acérquese"

Con los ojos aún llorosos, se dio vuelta y se bajó la falda. Cuando estuvo a mi lado, puse mi mirada más dura, y con un tono imperativo le espeté:

-"¿En qué momento le autoricé a que se bajara la falda? Ya mismo la vuelve a poner como estaba". Bajó la mirada y obedeció. "Ahora, con la espalda recta, apoye las palmas de las manos en el asiento de la silla."

Sus partes más íntimas quedaban expuestas y mi masculinidad tuvo que hacer un gran esfuerzo para disimular lo que sentía. Apoyando la regla sobre las nalgas, le dije:

-"Quiero que cuente los azotes. Deberán ser 17."

El primer azote impactó de lleno en las nalgas, tomándola totalmente desprevenida, sumida en sus propios pensamientos. La regla era de madera no muy rígida, pero no por eso dolía menos, aunque no la estaba azotando todo lo fuerte que yo era capaz.

-"Uno… Dos… Tres…" –iba contando despaciosamente y poniendo caras de dolor- "Ocho… Basta Señor, por favor… Nue…ve… Es que duele mucho ¡ayy! Dieeeeeeeeeezzzz… - Y entre llantos y promesas llegó el penúltimo azote con la regla. Die… cis… seis…"

Acepto que me afirmé un poco más y… rompí la regla al medio. Vi el rostro sonriente de Laurita. Me acerqué a su lado y mirándola fijamente a los ojos, le dije:

-"Si se te ocurre siquiera esbozar una sonrisa, volveré a comenzar los azotes. ¿Entendido?"

-"Sí Señor, entendí" –me respondió mientras escondía su rostro para tratar de no reír.

-"Y me debes una regla, por romperla. Ahora, de rodillas en la silla."

Miré su estupendo culo, altanero y soberbio subido en la silla, con gruesas marcas rojas cortando la superficie. Estaba soportando bastante bien los azotes.

De pronto, vi algo brillante comenzar a correr por su entrepierna. Su excitación crecía con el dolor.

-"Ahora Laurita, no sólo contarás los azotes, sino que además agradecerás porque te estamos corrigiendo. ¿Entendido?"

-"Sí, entendí, claro que entendí."

-¿Cómo? ¿Qué dijiste y en qué tono?

-"Sí Señor, entendí"

-"Ah… me pareció haber oído otra cosa"

Descargué el primer azote haciendo silbar el puntero, cortando el aire.

-¡Ay! Uno, gracias Señor por corregirme… Dos, uffffffffff… gracias Señor… por correg… ¡Ayyysss! Treeeeessss.. gracias Señor por corregirme…

Comenzó a moverse más de lo normal, y pasada la primera mitad, tenía que espaciar los azotes y acariciarla con más frecuencia, para hacerle más llevadero el castigo.

-"Ahora… vuelve al rincón, hasta que te llame"

Otro vaso de agua y otra oportunidad de deleitar mi visión con la niña en el rincón. Tomé asiento, descansé unos minutos mientras bebía el líquido, refrescando mi garganta y mi organismo. Me levanté, la llamé y le indiqué:

-"Ahora, quiero que pongas tu pancita sobre el escritorio y levantes tu cadera, toma el otro extremo del escritorio con las manos, y separa tus piernas. Prepárate para recibir el cinto…"

En esa pose pude mirar su intimidad chorreando placer y tuve que darme vuelta para poder seguir. Me puse a un costado para que pudiera verme desabrocharme el cinturón, que sintiera y viera correr por las presillas el trozo de cuero, chasquear el espacio al sentirse liberado y una vez doblado, silbar por el aire…

-"Bien Laurita… esta es la última parte de tu castigo. Espero que te sirva para darte cuenta de lo que se puede hacer y lo que no. Pero para que te quede bien claro… recibirás ahora los 17 azotes con el cinto. Esta vez contaré yo"

Desgrané los azotes de a uno, despacio, suave, dura y firmemente. Su cuerpo temblaba con cada descarga, daba un pequeño grito y continuaba llorando. Pero noté que al contacto con mis manos, también temblaba y se estremecía al sentir la acaricia. Terminé antes de lo que hubiese querido…

-"Bien Laurita. Puedes vestirte e irte. Tus padres te esperan fuera. Ojalá que no vuelva a repetirse esto nunca más".

Pasado un tiempo de este castigo, el cambio de Laurita fue notorio, pero me enteré que por varios meses estuvo muy enojada con sus padres, hasta que comprendió que lo habían hecho por su bien.

No volví a ver a la bella Laura hasta 5 años después, pero eso es otra historia.



Autor: Ana Karen Blanco