A veces he hecho cosas que no debería haber hecho, he vivido momentos a medio camino entre lo absurdo y lo mágico. Y lo sorprendente es lo fácil que resulta traspasar esa línea que separa lo “normal” de lo extraño, lo cotidiano de lo desconocido. A veces, personas que jamás se atreverían a cruzarla, aunque lo hayan deseado en lo profundo de sus fantasías mas secretas, se sorprenden de que yo acceda “de una manera tan fácil a esos mundos paralelos” que ellos creen lejanos y herméticamente cerrados, aunque sí observaran con atención descubrirían que delante de ellos se abren las puertas tras las cuales todo orden se trastoca: ese vecino, aquella chica con la que coincides casi todos los días en la parada del autobús, el antiguo compañero del instituto al que se le notaba mucho que le interesabas, es posible que guarde un deseo secreto y oscuro.
No siempre vence el deseo su batalla contra lo “razonable” o contra el miedo a ser quienes somos en verdad, y entonces queda en la memoria una pregunta a medio resolver y un recuerdo agridulce. Como aquellas tardes de un verano a medio camino entre la niñez y la adolescencia, cuando el cuerpo se afirma hermoso día a día y la piel tersa brilla con un fulgor distinto, pagano, insolente, cuando las formas se hacen deseables y en la mirada se alternan fulgores del infierno con destellos de inocencia.
Aquellas tardes me escabullía refugiándome en el trastero en la azotea donde se guardaban muebles retirados de uso, ya inútiles, entre ellos un gran espejo frente al cual me fui descubriendo a mi misma, percibiendo día a día como cambiaba mi cuerpo para ir dejando atrás a la niña y dar paso a la muchacha orgullosa de lo que veía.
Mi confidente mudo, aquel espejo antiguo y enorme, estaba apoyado en la pared y cubierto por tablones y cuadros que yo apartaba; situada en el centro de la habitación para contemplarme en él, iba adoptando poses a veces ridículas, a veces obscenas aunque yo aun solo lo intuía, despojándome de las pocas prendas del verano en casa hasta quedar desnuda…y un día crucé mis manos a la espalda y tensé hacia delante los recién nacidos pechos. La imagen que me devolvía el viejo espejo me sugirió la de una cautiva y eso me excitó, sorprendiéndome y arrastrándome a un juego de fantasía que era nuevo para mí.
Embargada por sensaciones hasta entonces desconocidas, excitada por mi propia imagen como nunca antes la había percibido, ante el espejo practiqué tarde tras tarde lo que años después supe que se denomina “autobondage” hasta alcanzar el orgasmo entre la confusión, el miedo y el placer.
Un día, ya desnuda y a punto de iniciar el rito de las ataduras, descubrí que alguien me observaba medio oculto tras la cortina que cerraba la cristalera de un ático del edificio al otro lado de la calle y situado a mayor altura, un piso por encima, de manera que aquel mirón debía verme perfectamente desde su puesto ya que la ventana de mi trastero era grande y yo quedaba iluminada y frente a ella de la forma mas ventajosa para el intruso. Mi primera reacción fue instintiva, pegándome a la pared para ocultarme a su vista y por unos minutos me sentí asustada y avergonzada….pero algo inocentemente perverso cruzó por mi cerebro, algo parecido a un reto prohibido conmigo misma. Y volví a situarme frente al viejo espejo, en el centro de aquella habitación, ante la ventana que me inundaba de luz y me ofrecía a la visión del desconocido; inicié mi ritual algo confusa al principio y poco a poco creciéndome, perdiendo todo resto de temor y sorprendiendome a mi misma en una serie de poses a cual mas excitante hasta que una vez atada y arrodillada, terminé arqueando mi cuerpo para exponerlo al observador oculto en un espasmo final, en un orgasmo como no había sentido ningún otro hasta ese instante.
Esa noche no dormí mucho, me sentí mal conmigo misma, confusa, avergonzada por la idea de que el desconocido voyeaur era alguien de mi misma calle, un vecino que me conocía a mí perfectamente en tanto yo no sabía quien era él. No volví a subir a aquel trastero, pero mi cuerpo y mi alma ardían al recordarme prisionera y expuesta ante un desconocido.
Nunca lo he pensado dos veces ni he observado la menor prudencia cuando se trataba de jugar a este excitante juego. Aquel trastero, el espejo, el observador oculto, fue quedando atrás y un día incluso aquella calle fue historia cuando nos trasladamos a una nueva vivienda, mas grande, mas céntrica…pero sin cuarto en la azotea. Por un tiempo no volví a explorar el mundo inquietante y gozoso del bondage hasta que en la universidad viví la experiencia que os he narrado en otro lugar como mi comienzo pleno y consciente en una sesión de fotografía.
Después siguieron muchas vivencias, algunas terribles, otras hermosas y hasta las hay divertidas como aquel día en que, en un poblado minero abandonado, situado en medio del desierto mas desolado del sureste de España, un lugar donde no debería haber habido nadie en absoluto, una patrulla de la Guardia Civil apareció de pronto a la puerta de la vieja sala de máquinas en la que, atada en cruz con oxidadas cadenas a dos pilares de hierro, amordazada y completamente desnuda, estaba siendo azotada por el bueno de R., un amigo de la adolescencia, confidente y consejero, gay y torturador cada vez que yo se lo pedía aunque él no se excitase con estos juegos.
Pero allí estábamos; ese día R. estaba sufriendo un desamor con la intensidad que solo los homosexuales sienten los desamores, y yo le propuse “darnos una vuelta y comer por ahí, en algún pueblo de la sierra”. Descubrimos aquel poblado en medio de ninguna parte y aquella sala de maquinas con sus techos altos y las estructuras de vigas y columnas de hierro oxidándose bajo un tejado de placas de fibrocemento que dejaba pasar fantasmales y bellísimos rayos de sol a través de los agujeros del abandono, las cabrias de arrastre de las vagonetas mineras, las cadenas que pendían por todas partes. Y sentí el deseo de ser atada con ellas y ser torturada y excitada en aquel lugar inquietante por el pobre y buenazo de R.
Y allí aparecieron de improviso dos agentes de la Guardia Civil gritándole a R. con energía que se separara de mi y se pusiera de rodillas con las manos en la nuca; la Guardia Civil no es una policía bananera y por ello ni siquiera sacaron el arma, pero el bueno de R. rompió a llorar jurando por sus muertos que éramos amigos y que solo bromeábamos. Mientras uno de los agentes esposaba a un gimiente R. el otro me liberó preguntándome con solicitud sí me encontraba bien, y entonces estallé en una carcajada. Costó un buen rato y soportar un par de advertencias sobre el carácter de propiedad privada de aquel lugar y el peligro real al que nos expusimos sí, en vez de ser ellos los que nos encontraron en ese raro juego nuestro, hubieran sido una banda de jóvenes problemáticos que frecuentaban ese lugar, tuvimos que enseñar documentación y esperar a que desde la comandancia les confirmara por la radio del todoterreno que no constábamos como sujetos peligrosos y al final todo quedó aclarado y hasta descubrí un gesto de diversión en los guardias cuando nos despedimos y nos alejamos de allí todo lo rápido que la moto de R. podía correr.
Mi buen y paciente amigo no dejó de ser mi cómplice cada vez que yo le suplicaba que colaborara en mis juegos y, todavía hoy, mi propietario procura no interferir cuando de vez en vez vuelvo a pedirle que me castigue o le hago venir a casa solo para que me ate o me espose y me deje allí, a la espera de que mi dueño llegue y me encuentre dispuesta.
Pero antes de tener propietario (y que solo lo será en tanto me esclavice con algo mas que unas cadenas), viví una experiencia oscura que comenzó como un juego mas con mi buen R. Una experiencia perversa que me devolvió a unos años antes, al trastero de las tardes de adolescencia observada por un extraño.
Fue hace pocos años y también en un verano bochornoso; yo entonces vivía sola en un apartamento de estudiantes y preparaba mi doctorado. También fue esa una buena época para el bueno de R. que vivia muy cerca de mí con su nueva pareja, un chico al que yo no acababa de hacerle gracia aunque aceptaba (o procuraba que asi lo pareciera) nuestros juegos. Aquel dia habian tenido gresca y R. vino a casa buscando consuelo como otras veces; no solian durar mucho los enfados, si acaso hasta el atardecer, así que siguiendo la pauta de siempre comimos juntos y nos tendimos frente al televisor con el café con hielo en una mano y el cigarro en la otra, y enseguida nuestra conversación nos llevó al suceso del poblado minero y entre mis carcajadas y sus protestas acabamos jugando al mismo juego que siempre me apasiona.
Una de las habitaciones estaba libre de muebles y en el techo tenia un par de argollas dispuestas para colgar las lámparas y R., pasando una cuerda por una de ellas, me ató por las muñecas y haciéndome alzar los brazos, tensó la cuerda tirando del cabo libre que sujetó a la manilla de la puerta. En ese instante tuve la sensación de que alguien me espiaba tal y como lo sentí en aquel trastero de los juegos solitarios de descubrimiento, y mi excitación aumentó.La habitación se abría a una terraza sobre un gran espacio ajardinado cerrado por tres de sus lados por fachadas y abierto por otro a la calle; frente a la mía tenía a la vista docenas de terrazas idénticas desde las que en principio era improbable que pudiesen distinguirnos; sin embargo tuve de nuevo la intuición de que me espiaban.
R. me besó en la espalda con el cariño y la complicidad que su homosexualidad le permitía besar a una chica, acarició mis muslos y sexo y tiró hacia atrás de mi cabello para obligarme a arquear mi torso alzando los pechos que él asió con fuerza, manoseándolos y dando azotitos con las palmas de las manos o pinzando con los dedos los pezones; en mi crecía la excitación y mis manos se cerraban con fuerza sobre la cuerda que me mantenía sujeta y casi suspendida de la argolla del techo, obligada a mantenerme alzada sobre la punta de los pies.
Entonces R. se separó unos pasos atrás y comenzó a azotarme con una correa de cuero que ya se había convertido en habitual en nuestros juegos, con ella me fustigó una docena de veces antes de cambiarla por una cinta de loneta de un par de metros y unos diez centímetros de ancha, empapada en agua; lo hacíamos así siempre para evitar en lo posible las marcas, de forma que una vez que la correa de cuero me laceraba el torso con un dolor intenso, la cinta de loneta empapada mantenía ese dolor e incluso lo hacia crecer pero sus señales eran menos profundas y duraderas que las del cuero.
Mi cuerpo se contorsionaba a cada golpe y mis ojos permanecían cerrados pero de pronto los abrí, fijando la mirada en las ventanas de enfrente, una a una, a cada latigazo, para que el observador supiera que yo lo presentía. Mantuve la mirada cuando R. desató la cuerda del pomo de la puerta, destensándola para permitirme tenderme lateralmente en el suelo, la dejó escapar de la argolla y sin desatarme las manos las unió a mis tobillos, lo que me obligaba a abrir las piernas por las rodillas quedando en una postura encogida y algo dolorosa y entonces me introdujo un vibrador en el ano dejando que me convulsionara unos minutos antes de pasar a la siguiente fase.
Yo ya había tenido un par de orgasmos casi seguidos y mi cuerpo estaba cubierto de sudor; por un instante, al desatarme, quedé tendida en el suelo y de nuevo la mirada la fijé en las ventanas de enfrente, manteniéndola mientras R. me ataba las manos atrás con todas las vueltas clásicas sobre el pecho, pero dejando libres mis piernas para actuar en el sexo. Ahora estaba de pié, con las piernas abiertas y fuertemente atados los brazos a mi espalda, me mantenía en el sitio preciso para ser mas visible y de cara a la ventana.
R. me colocó en un pezón una mordacilla metálica que cerró lentamente hasta que no pude contener un grito de dolor; entonces repitió la operación en el otro pecho aunque esa vez no grité. Siguiendo un orden ya conocido por ambos, se arrodilló ante mi y por un momento acarició mis muslos y labios vaginales que estaban mojados, muy mojados. Uno de sus dedos penetró en mi ano y el otro buscó el punto “G” aunque lo mismo habría dado que buscase mis talones porque yo me estaba corriendo en una meseta orgásmica, de pié y jadeando pero sin apartar la vista de las ventanas de enfrente. En ese instante sentí un relámpago de dolor intenso, grité y caí de rodillas, abiertas las piernas entre las que pendía una gran pinza metálica dentada mordiendo mis labios vaginales y R. volvió a colocarse tras de mi, también de rodillas, apretando aun mas las mordazas de los pechos hasta que caí al suelo convulsionándome en un estallido orgásmico sin freno….Tres días más tarde, sujeta por correas que mordían mi piel, era mi propia terraza la que veía frente a mí, pero eso lo contaré otro dia.
Autor: bariamar
Publicado por Aldea Sado: 10-03-2010