Relatos BDSM
Diario de un niño traviesa
(6º parte de la saga) Por F.LaFusta
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“Has sido un niño malo. Ven a vernos esta tarde a las ocho al WildLovers de la calle Amazona. Te estaremos esperando.
Fdo.: Tus niñas traviesas.”

Esa fue la carta que recibí ayer por la mañana. Así pues, llegué puntual al lugar más sexual de la capital. Entré y vi que la planta baja estaba vacía. Empecé a pensar en que se trataba de una broma pesada de algún amigo poco gracioso. Subí a la segunda planta, abrí el portón del salón y… ¡bingo! , hallé una fila de chicas impresionantes. Eran rubias, morenas y castañas; con falda, shorts o vaqueros, con sujetadores llamativos y escotes de cine; adecuadamente maquilladas y bellas por naturaleza. Por chicas como esas se dice que Madrid es tierra de conejos.

Avancé hacia ellas. Me sonrieron. La ruptura de la fila por parte de la única rubia me hizo frenar.

—“Hola, Ferki.”

¿Cómo sabía mi nombre?, yo seguro que recordaría el suyo.

—“¿Sabes quienes somos? —el silencio fue mi respuesta— ¿no?, pues tú nos has creado.”

¿Eh?, ¿yo?, ¿de qué me hablaba esa maciza?

—“Yo me llamo Rocío.” —dijo.

—“Yo soy Isabella.” —aportó una de las morenas.

—“Yo me llamo Fanny.” —se presentó la castaña.

—“Yo soy Erika.” —hizo lo propio otra morena.

—“Y yo, Joana.” —concluyó la última, también de cabello bruno.

Sus nombres no me decían nada.

—“¡Te hemos hecho venir porque estamos hartas de que nos azotes! ”  —exclamó la tal Isabella.

—“¿Yo?, ¡pero si yo no he levantado la mano a nadie en mi vida! , os equivocáis de persona.”

—“¡Piénsalo! , tú nos has creado para tu propia satisfacción, para cumplir tus sádicas fantasías, para empañar de placer tu ego. ¡Somos esclavas de tu bolígrafo! ” —intervino Joana.

Mi expresión de desconocimiento e indiferencia fue contundente.

—“¿No te dice nada el nombre de “Diario de una niña traviesa” ?” —me preguntó Fanny.

—“Sí, claro, es el nombre de mi saga de relatos eróticos, ¿cómo…?” —caí de golpe en la charca.

¡Estaba delante de las protagonistas de mis historietas sexuales! ... pero, ¿qué querían de mí?”

 

CAPÍTULO 1: LA MANO DE LAS TRAVIESAS.

—“Bien, ahora que ya sabes quiénes somos y conoces nuestro motivo de enfado, te vamos a castigar.” —declaró Rocío, que parecía ser la líder.

¡Qué paradoja! , ¡mis azotadas señoritas imaginarias querían azotarme a mí! ; no sé si fue por la rareza en sí de las circunstancias, porque todavía estaba en estado de shock, o porque dentro de mí había algún estúpido sentimiento de culpabilidad que las otorgaba la razón y el látigo; pero el caso es que no opuse resistencia de ningún tipo.

Se me acercaron Rocío, Fanny y Joana. La primera me despojó de la camiseta. Fanny me desabrochó los vaqueros y me los sacó a tirones tras exigirme que me descalzara. Ataviado únicamente con ropa interior, vi cómo se aproximaba Joana con una sonrisa de oreja a oreja. Me quitó con agresividad los bóxers. El rubor se apoderó de mí, provocándome la instintiva reacción de ocultar mis genitales a los lascivos ojos femeninos. Se armó una algarabía de cuidado.

—“¡Si te portas bien, luego te la chupo! ” —prometió Erika en plena nube de carcajadas nerviosas.
Rocío tomó una de las sillas que había en la sala y la llevó hasta el epicentro del jolgorio.

—“Bueno, vamos a comenzar.”

Me hizo el gesto de que me tumbara sobre sus muslos. Resignado, me entregué a sus manos. Mi primera mujer fetiche iba a castigarme en primer lugar.

¡Zas! —recibí el azote de introducción. Mi sensación fue indescriptible.

Zas!  Una y otra vez. Notaba cómo Rocío me azotaba con cierto… ¿cariño?, el caso es que sus azotes no me dolían mucho. Me dio veinte.

Me reincorporé visiblemente excitado.

Se sentó Joana en la silla de castigo. Mi pene se recostó sobre sus tejanos. Comenzó su azotaina. Era rápida e intensa. Me dio quince cachetes.

Llegó el turno de Erika.

¡Zas! —“¡ay! ” —fue la primera en propiciar una queja. Me pegaba fuerte, con saña, queriendo hacerme sufrir.

La muy guarra llevó su mano izquierda a mi polla, comprobando que estaba tiesa. Esto provocó el deslizamiento de un poco de semen por sus descubiertos muslos. La tanda fue de veinte.

Me sobé con decisión ante los cuchicheos de las hembras. Le tocaba a Isabella. Esta vez me iba a azotar una chica vestida de colegiala, ¡vaya tela!  Ella se lo tomaba muy en serio, aplicando sobre mi trasero la más estricta definición d la palabra “castigo” . Me arreó doce veces.

Concluiría el show Fanny, encuerada. Su aspecto era fiel reflejo de lo que habían causado los azotes en la vida de aquellas jovencitas.

Me coloqué encima de sus rodillas. El contacto de mi piel con la piel negra que la vestía me puso a cien.

La castaña me azotaba entre malévolas risas, como si para ella fuera un juego, un juego muy sexy. Me propinó quince azotes.

Me levanté de sus piernas cansado, con el culo al rojo vivo, pero contento por haber terminado con el suplicio.


CAPÍTULO 2: EL CINTURÓN DE JOANA.

Me volví a poner los calzoncillos e hice ademán de recuperar mi ropa.

—“¿Se puede saber qué haces?, ¡aún no hemos acabado! ” —me reclamó Rocío.

—“¿Cómo?, ya he tenido suficiente.”

—“Jajaja, ¡de eso nada! ” —las risas irónicas y las protestas fueron unánimes.

—“¿En tus relatos nos dejas hechas polvo y crees que te puedes ir de rositas con tan sólo unos azotes con la mano?” —las palabras de Joana presentaban algo terrible que se avecinaba sobre mis carnes.

Se me acercó enfurecida. Yo estaba inmóvil. Me sacó de nuevo los calzoncillos. Me agarró de la muñeca y me condujo hasta una de las mesas del lugar.

—“¡Recuéstate sobre la mesa! ” —me ordenó

Me estiré sobre ella hasta formar un ángulo de 90º cuyo vértice iba a ser castigado a continuación.

Fue hacia uno de los sofás de la sala. Volvió con un cinturón de cuero marrón. El hecho es que aquella correa me resultaba familiar. ¡Claro! , ¡era el cinturón de su prima Miriam! , ¡” el viejo” ! ; pobre de mí.

Joana se puso detrás mía con él doblado a la mitad, como mandan los cánones. Confieso que el hecho de ser azotado por una tía buena con un cinturón de cuero me excitaba muchísimo, tal vez por eso había incluido dicha escena, aunque a la inversa, en mis relatos en varias ocasiones.

“¿Listo?” —me preguntó la educada spanker.

—“Sí.”

¡Zas! —el primer correazo tocó tierra. La sensación que tantas veces había descrito en el folio no tenía palabras para expresarse en ese momento.

¡Zas! —Joana manejaba el cinto con mucho arte.

Cada azote era jaleado por las muy putas de sus compañeras. El refrán de “Donde las dan, las toman.”  Me daba especial asco durante la tunda.

¡Zas! , se hizo el silencio. Paró Joana. Me había dado veinte correazos. Intenté suavizar mis nalgas con las manos.

 

CAPÍTULO 3: LA REGLA DE ISABELLA.

—“¡Ahora me toca a mí! ” —exclamó Isabella descruzando sus sensuales piernas y levantando su potente culo del sofá con una regla de madera de unos 60 cm. empuñada en su mano derecha. ¿Se la pediría a Saray a cambio de algún trabajo extraescolar?

Se acercó. Posó la regla sobre mis glúteos.

—“Has sido un chico muy malo y necesitas un buen castigo.”

¡Zas! —un reglazo seco abrió el marcador. El tópico del estudiante azotado por la maestra buenorra al acabar la clase se estaba cumpliendo, aunque tras los correazos de “la princesa”  la situación no tenía la misma gracia.

¡Zas! —la regla dejaba marcados sus centímetros y medía mi ardiente trasero.

En mitad de la zurra, a Isabella no se le ocurrió otra cosa que meter su mano entre mis piernas y apretar mis testículos. Me hizo gemir de dolor. ¡Zas! —me dio un cachete—“¡Pero qué culazo tienes, nene! ”

¡Zas! —volvió a los azotes con la regla.

¡Zas! —“¡Toma! ” —las demás seguían celebrando cada azote como un gol del Real Madrid.

El rival del Real Madrid encajó veinte goles. Mis nalgas estaban incendiadas. Isabella me oprimió el culo una vez más antes de volver al cálido sofá de las curiosas. ¿Quién sería la siguiente?

 

CAPÍTULO 4: LA VARA DE FANNY.

Fanny levantó su imponente trasero del sofá y se dirigió a canear el mío. Para ello, cogió de la mesa una vara delgada y pulida, seguramente la misma que usó Don Luciano para castigar su incompetencia como secretaria hace algún tiempo. Varió mi posición, ahora sólo debía apoyar las manos sobre el tablero.

—“Comencemos, cariño.” —Fanny chupó la vara antes de iniciar la paliza.

¡Zas! —“¡ay! ” —la vara elevó el umbral de dolor. Mi piel estaba pagando cara la gran magnitud de mis fantasías.

¡Zas! —“¡ay! ” —tras el silbido llegaba un sublime varazo. El castigo era soberano.

¡Zas! —“¡ay! ” —mis nalgas estaban siendo marcadas a fuego por Estefanía.

¡Zas! —“¡aayy! ” —uff, eso iba a dejar secuelas.

¡Zas! —“¡aayy! ” —era el quinto varazo. Rompí a llorar.

La fiesta que tenían montada las espectadoras paró en seco. Sólo se oía el llanto de un hombre.
Su mutismo era un auténtico gesto de solidaridad. ¿Quién mejor que ellas para saber lo que sentía yo en ese momento?

¡Zas! —“¡aayy! ” —a pesar de todo, Fanny se sintió en la obligación de seguir con la azotaina. No la culpé, más bien, me entró una gran sensación de arrepentimiento, ya que yo nunca había cortado una zurra en una relato. La vara producía un ensordecedor eco cada vez que se estrellaba contra mi culo.
Algunas de las niñas traviesas se mordían las esmaltadas uñas mientras veían el espectáculo; otras, ya no miraban.

¡Zas! —“¡aayy! ” —once azotes con aquel cruel instrumento. Fanny dejó caer la vara al suelo, quizás, por compasión.

Me secó las lágrimas con los dedos. Salió corriendo de la sala.

—“¡Fanny! , ¿a dónde vas?” —pregunto Rocío al aire.

Nadie fue detrás de ella.

Mis nalgas necesitaban un respiro, pero, ¿me lo darían las chicas?CAPÍTULO 5: LA FUSTA DE ERIKA.
Erika tomó la palabra.

—“Como diría Freddy Mercury: “The show must go on.” “ —sus “amigas”  pijas la habían enseñado inglés.

Bajo ese lema, Erika me cogió de la mano y me llevó hasta una de las amplias habitaciones de edificio.

—“Túmbate boca abajo, niño malo.” —me ordenó señalando la enorme e inmaculada cama que había allí.

Llegaron las otras tres señoritas. Rocío portaba una fusta cuya azotera tenía forma de corazón. Se la entregó a Erika. Aquella fusta había viajado desde Extremadura.

Plantó la azotera encima de mi cacha derecha.

¡Zas! —primer azote de Erika. Sentí un agudo picor, pero cierto placer.

¡Zas! —Erika azotaba de una manera muy distinta a la de sus antecesoras. Cruzaba la fusta de lado a lado y ponía énfasis y precisión en cada golpe. ¡Zas! —“¡ay! ” —no tardé mucho en acordarme de la familia de aquella furcia morena.

¡Zas! —“¡ay! ” —parecía “La Zorra”  dibujando su “Z”  en mis nalgas con aquella jodida fusta en maldita hora creada por mí para castigarla a ella.

¡Zas! —“¡Mmm! ” —entre quejas se me escapaba algún que otro gemido de placer. Erika sonreía. Incrementó la dureza de los azotes.

El show acabó al decimoquinto fustazo.

Salieron todas de la habitación. Me quedé a solas unos instantes, expectante.

Regresaron a mí mis traviesas. Joana volvió con un bote de crema de aloe vera. Lo abrió. Empezó a extender la crema por mi culo. Masajeaba mis cachas con dulzura.

—“Date la vuelta, cielo.” —me pidió Isabella.

—“¡Hala! ” —se sorprendieron de mi brillante erección.

—“Levanta el culito y abre las piernas.” —Isabella me iba a poner pañales.

Tras terminar de envolverme en celulosa, todas se quedaron contemplándome con ojos pícaros.
—“¡Oh, qué mono! ” —exclamaban.

 

—“¡Ay, mi bebé! ” —irrumpió Fanny en la alcoba y se abalanzó sobre mí como una leona, plantándome un profundo besazo en los morros, haciendo que su pintalabios rojo se corriera en mi boca.


CAPÍTULO 6: EL LÁTIGO DE ROCÍO.

Con mis niñas de nuevo al completo, un olor a felicidad penetró en el WildLovers.

—“Vamos, amor, que ya sólo queda el final.” —Fanny y Erika me cogieron de la mano.

Entre sus cinturas salí del cuarto para entrar una vez más al salón, recibiendo al pasar un descarado azote de la diestra palma de Isabella.

Rocío esperaba de pie.

—“Por aquí, nene.” —Joana me acompañó hasta una pared de la sala, la cual tenía un clavo largo incrustado.

—“Enséñame las manos.”

Me las ató con una cuerda, típica de la casa Castro.

Se acercó mi rubia. Se pegó a mi espalda, me rodeó con sus brazos.

—“Chico malo, ha llegado la hora de los latigazos.” —pronunció a bocajarro a mi oreja con una incomparable sensualidad mientras su mano izquierda se deslizaba por mi paquete, escondido en pañales.

—“¿Listo?” —¡qué pregunta más tonta! , ¡azótame!

Se alejó. Asió un látigo de cuero negro de aproximadamente un metro de largo. Era el de su padre, que en paz descanse.

Rocío iba a finalizar la historia tal cual la empecé yo: a base de latigazos.

¡Wash! —“¡aah! ” —el primero. Fue algo increíble.

¡Wash! —“¡aayy! ” —empecé a mojar el pañal.

¡Wash! —“¡Toma! ” —el ánimo de las niñas volvía a estar a tope.

¡Wash! —“¡Mmm! ” —se sucedían los trallazos.

Rocío parecía doctorada en el manejo del látigo.

¡Wash! —“¡aahh! ” —el flagelo describía una tan sutil como perfecta trayectoria desde su mango hasta mi espalda.

¡Wash! —“¡Uuf! ” —las mozas cuchicheaban mientras observaban el castigo.

¡Wash! —“¡ay! ” —los azotes dolían, pero el placer compensaba.

¡Wash! —“¡ay! ” —“¡Dale, Roci! ” —“¡Azótale como se merece! ” —“¡Que sienta en sus carnes lo que es un buen latigazo! ” —“¡Castígale, nena! ”

¡Wash! —“¡aayy! , ¡mmm! ” —quedaba poco para liberarme de la esclavitud de las mujeres.
—“El último, Ferki.” —las palabras de Rocío fueron como un redoble de tambores.

¡Wash! —“¡aayy! ” —“Ya está, cariño.”

—“¡¡BIIEEEN! ! ” —las niñas traviesas estallaron de júbilo. Empezaron a besarse, a abrazarse.

Rocío caminó hacia su creador. Me desató. Caí al suelo exhausto y extasiado. Me ayudó a levantarme. Nada más hacerlo, me echó el látigo al cuello y me atrajo hacia ella. Me dio el beso más alucinante de mi vida. Deseé que los segundos fueran horas. Nos comíamos la boca como animales, aunque, más bien, ella era la cazadora y yo, la presa, una felicísima presa.


CAPÍTULO 7:LA RECOMPENSA.

Fuimos de la mano hasta una inmensa habitación. Rocío abrió la puerta diciendo: “Has sido muy bueno y te has portado bien, eso se merece una recompensa.”

Entramos en una recámara de cañones: la de mis niñas. Joana, Fanny, Isabella y Erika estaban totalmente en cueros esparcidas por dos camas y un sofá. Rocío me llevó hasta la cama de matrimonio, guarida de Erika.

—“Nene, ven aquí, que te voy a quitar el pañal.” — Erika se puso encima mía y me dejó como me habían parido.

—“Ahora levántate, tengo que cumplir una promesa.”

Me puse de pie y ella se puso frente a mí de rodillas. Agarró firme mi erguido pene y se lo metió en la boca. ¡Madre mía! , ¡qué manera de chupar! , ¡esa chica podría hundir la industria del chupachups!  Me llevó al cielo. Mi polla usaba su campanilla como punching ball. Se lo comió todo, todo. Erika se limpió los morros con altanería, sabiendo que había prestado un buen servicio.

Mientras, Joana e Isabella hacían travesuras lésbicas en la cama pequeña, atentamente vigiladas por Fanny, que se masturbaba sin piedad en el sofá. Se puso en pie Erika. Me dio un dulcísimo abrazo y me susurró al oído: “Luego te voy a pedir más, ¿eh?”

Al darme la vuelta la vi, era ella, inconfundible, su nombre era Rocío María López Alonso, y parecía una diosa, una diosa que había bajado desde el cielo en busca de sus bragas. Me hizo el tan típico como irresistible gesto con el dedo índice para que me acercara. Quería follarme.

Me puse encima suya, tomé el control. Su coño daba tantas palmas que, al entrar, mi polla recibió una bofetada. La intensidad comenzó a palparse, el deseo se estaba materializando. Rocío parecía poseída por el dios del orgasmo permanente. Yo descargaba en su concha todo el semen acumulado.

Al vernos, Fanny incrementó su actividad, además, decidió azotar a Joana e Isabella, que aceptaron encantadas.

Rellené del todo a mi creación más perfecta. La dejé agotada, como después de una buena flagelación.

Acudí al rescate de Erika, que había presenciado el acto con gran emoción. La puse a cuatro patas, como la perra que era. La arreé un recio azote en lo que iba a ser la próxima mansión de mi cipote. Cogí sus coletas como si fueran las riendas de una potente yegua cachonda.

— Adelante —atrás, adelante— atrás, adelante — atrás… Erika jadeaba. También acabó rendida.
Abandoné la cama y me fui a dar una ducha con Isabella. En ella sólo hubo mimos y risas tras haber cumplido con nuestros respectivos menesteres sexuales.

Al fin, me acosté con mis niñas, ya sí, a dormir.

Esta mañana he despertado en mi cama. Todo había sido un sueño. Me he levantado, he subido la persiana. En mi escritorio había una nota que rezaba: “Muchos besos y azotes. Te quieren: tus niñas traviesas.”


FIN
 Autor: F.LaFusta

 

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